Curiosidades

No hay muerto malo ni hijo feo

No hay muerto malo ni hijo feo

viernes 7 de septiembre de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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En las primeras bancas del templo, la viuda se mordía los labios para contener las lágrimas de rabia mientras miraba a la mujer que estaba sentada cerca

Aristóteles había vivido a lo grande, como su nombre y su tocayo. Muchos años engañando a su esposa con una amante de planta, a la que también le sacaba lágrimas de sangre traicionándola con otras amantes. ‘Tranquila, mi reina bella, tú eres la querida oficial, las demás son un parapeto en mi vida, tú eres la segunda en jerarquía, y no me reclames ni me armes teatro de llanto, porque clarito que te lo dije y clarito lo captaron tus orejitas, tú sabías que yo estaba casado y que no pensaba dejar mi hogar por nada ni por nadie', le decía Aristóteles a la amante oficial, que sufrió un desmayo fuerte cuando supo que su amado había muerto de un infarto, y se propuso asistir a las honras fúnebres, a sabiendas de que la esposa de este no la dejaría ni acercarse al féretro.

‘Tendrá que matarme para que no le dé un beso de despedida', les dijo la amante a los parientes, y allá llegó, justo cuando alguien daba el discurso para despedir a Aristóteles: '¡El finado tenía las más valiosas cualidades! Hizo una pausa para secar el sudor y gritó: ¡¡¡¡¡El finado Aristóteles solo estuvo con su esposa, solo con ella, por eso hoy se despide del mundo con la frente en alto y seguro de que conoció y disfrutó a plenitud lo que muchos de ustedes, hermanos míos, usted y usted, dijo y señaló sin rumbo fijo, no conocen: ¡¡¡El finado sí supo lo que era fidelidad, por lo que les pido que lleven ya a descansar a este santo!!!

En las primeras bancas del templo, la viuda se mordía los labios para contener las lágrimas de rabia mientras miraba a la mujer que estaba sentada cerca. ‘No creas que vas a poder verlo, tendrán que matarme', mascullaba mientras la otra le suplicaba que la dejara.

‘Era hombre de una sola mujer, su viuda', leyó alguien en una resolución.

‘Anda, fíjate si el que está en el cajón es tu tío', le pidió la viuda a un sobrinito. El muchachito se levantó y con cuidado ojeó dentro del féretro. Regresó contento donde la viuda y le dijo calladito: Sí es mi tío, está como bravo.

La que rogaba ver al muerto se levantó, pero la viuda la sentó de un manotazo. Primero muerta que dejarte verlo, le dijo.

La otra se echó a llorar y quiso arrodillarse, pero unas manos bondadosas se lo impidieron. Se formó un tumulto repentino y la intrusa quiso sacar provecho, corrió hacia el cajón, pero la viuda le metió una zancadilla y la detuvo.

‘Ya te dije que tendrán que matarme antes', le aseguró. Por una puerta lateral entraron, de repente y llorando a gritos, una adulta y tres chiquillos. La viuda la reconoció de inmediato y sintió que por fin podía vengar, segundo a segundo, los 27 años de rabia que esa mujer, al igual que la otra y muchas más, la había hecho sufrir. Y se abrazó al ataúd para impedirles siquiera el gusto de verlo por última vez. ‘Quítate o te quito, pero mis hijos y yo no nos vamos sin despedirnos de Aristóteles', ellos tienen derecho a verlo porque era su padre, y yo también porque soy la mamá de sus hijos más pequeños, advirtió la recién llegada, pero la viuda seguía aferrada al cajón mortuorio.

Nadie supo cómo comenzó el forcejeo entre las dos mujeres, de repente la gente se arremolinó en torno al féretro, que entre el tira y jala y la gritería se tambaleaba.

La otra, la amante oficial, trajo un candelabro encendido y amenazó a la recién llegada, quien retrocedió asustada y dejó de halar el cajón. Fueron segundos que aprovechó la suplicante. Con una habilidad manual asombrosa levantó la tapa y pudo ver al ‘hombre de su vida', mandarle un beso a través del vidrio y decirle ‘te amo, corazón' por última vez, antes de que la viuda cerrara el ataúd y ordenara rabiosa: ‘A este hp tírenlo al mar con todo y cajón, para que nunca descanse en paz y pague todas mis lágrimas'.

Solo la viuda conoce el lugar exacto donde está su marido.
 

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