Curiosidades

Mucha tentación

Mucha tentación

domingo 7 de octubre de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Fue a mitad de la loma, ya muy cerca de su hogar, cuando Dianeth recordó que no habían comprado el colorante artificial 

El diablo, con la colaboración absoluta, desinteresada y permanente de su mujer, no descansa ni jamás coge un cinco en su labor destructora de la infidelidad conyugal, que es su pecado favorito y son los hombres y las mujeres casados sus presas más buscadas. Alirio iba tranquilito con su mujer Dianeth, como todos los domingos, regresaban a golpe de diez de la mañana para preparar el almuerzo y seguir la rutina del día, ni una sola nube en ese horizonte conyugal, catorce años juntos y ni otra cuca ni otro manduco entre ellos.

Fue a mitad de la loma, ya muy cerca de su hogar, cuando Dianeth recordó que no habían comprado el colorante artificial para los macarrones domingueros, y como ella era la mandamás, mandó al marido a que se regresara a comprarlo, porque lo que era ella no podía tragar los macarrones descoloridos, y aunque el sol estaba picante, Alirio tuvo que desandar el camino, convencido de que la cuca sigue mandando.

Iba medio cabreadito, paso a paso, tratando de no sentir la empinada loma cuando lo llamó su mujer, para encargarle otra cosa, esta vez le tocaría ir más lejos, al mismo centro comercial, porque el nuevo antojo de Dianeth no lo encontraría donde el chinito, y cogió para allá, regañándose por la necedad de casarse, ‘bien estaba yo con mi mamá, ella hacía las compras, cocina, lavaba, planchaba y no jodía a nadie, bien hecho que me pase por andar con ganas de ch…', pensaba, ya en el lugar de destino, donde había una marejada humana que se movía en diferentes direcciones, no supo cómo la vio. Enseguida la tenía encima llenándolo de abrazos y preguntas, era su prima de allá de El Chirriscazo, y le dijo que minutos antes se había encontrado con Maribel, quien le había preguntado muy interesada por él, y como Alirio reaccionó con alegría, la pariente le dio el número de aquella, a la que él llamó y se encontraron poco después, solo con la intención de saludarse.

Pero el vientre es goloso, insaciable, ingrato, glotón, y aunque Alirio lo hacía cinco veces por semana con su mujer, y Maribel, los siete días semanales con su marido costeño, se antojaron los dos de medirse en un cuerpo a cuerpo, y tuvo él que pasar la vergüenza de decir que andaba sin efectivo y las tarjetas en rojo. ‘Eso es lo de menos, nos vamos para mi casa, mi marido llega a medianoche, así que tenemos toda la tarde para darnos gusto', aseguró Maribel, a quien no le bastaban las tundas de manduco que le daba su hombre, siempre andaba sedienta de otro trozo, y el de Alirio lo tenía metido en el bajo vientre desde la tarde aquella en que él la tenía con el trajecito levantado y casi lista para darle materile, pero el perro de su padre ladró anunciando que por ahí cerca regresaba el don, y tuvieron que dejar el acto a medio palo.

Le costó un poquito convencerlo, Alirio nunca olvidó a su tío Wenceslao, quien regresó con una mano menos, porque otro lo halló en su misma estera tirándose a la mujer, y ¡zas! le bajó la diestra para que aprendiera que la cuca ajena se respeta.

Alirio desechó los recuerdos, las ganas eran muchas, y contra todo llamado a la prudencia se fue con ella, y subió a la cama ajena, donde comprobó que Maribel era una experta en la intimidad, toda una maestra, lo tocó por donde él no imaginaba que podía sentir gusto y lo llevó a las nubes con un meneo sabrosón, pero cuando estaban por iniciar el cuarto asalto, llegó antes de tiempo el marido de ella.

‘Debajo de la cama o eres difunto', dijo Maribel, y lo guardó ahí por muchas horas, hasta que, por fin, el marido se cansó de gozarla y se rindió al sueño mientras Alirio caminaba rumbo a su casa, adonde llegó al amanecer, sin el colorante para los macarrones y sin excusa por tantas horas ausente.

Ninguno está graduado en el arte de la fidelidad si no ha sido tentado.
 

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