Curiosidades

Las medias del muerto

Las medias del muerto

martes 17 de abril de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Los potenciales hospedantes, que querían ganar peón por si les pasaba, algún día, un percance similar

Por razones que Emilio les pudo explicar a muchos, menos a su mujer, Gitanya, él durmió en la calle, y allá amaneció, de allá partió directo para el trabajo, y apenas marcó llegó la esposa iracunda a la que no pudo decirle ni una vocal, porque todos los órganos de su aparato fonador se declararon en huelga de brazos caídos y no pudo decir ni siquiera una a, a secas, nadita; mudo y callado aguantó la retahíla interminable que, a gritos, su mujer le dedicó delante de todos los compañeros, quienes ya estaban listos para ofrecerle hospedaje en sus hogares a Emilio, seguros de que Gitanya no lo recibiría más porque, según ella misma había gritado, ‘cualquier cosa puede perdonar una esposa, pero pasar una noche fuera de la casa, dormir lejos del hogar no tiene perdón ni del cielo, y lo que no perdonan allá arriba nadie lo puede perdonar acá abajo'.

Los potenciales hospedantes, que querían ganar peón por si les pasaba, algún día, un percance similar, se quedaron de una pieza cuando Gitanya, tras halarle las orejas hasta el techo al marido que no durmió en la casa, golpearle la cara un sinfín de veces con la mano abierta y empujarlo con poca fuerza, le gritó más alto que nunca: ‘Vas a ver lo que te pasará cuando llegues a la casa, y ay de que llegues medio minuto antes o medio minuto después, ya verás cuando llegues, hijo de tu madre, perro, can, canino sin dientes, ya verás'. O sea que la mujer lo perdonaba y no lo echaría de la casa, lo que provocó que todos sentaran a Emilio para hacerlo oír una variedad de versiones creíbles sobre las razones que lo motivaron a dormir una noche fuera; tras un debate serio, decidieron que la explicación sería un apuro estomacal que lo obligó a buscar baño en un centro comercial, del que no pudo salir porque cuando pasó la ronda preguntando ‘¿hay alguien adentro?', Emilio, con los intestinos revueltos a su máxima expresión, no pudo levantarse del inodoro ni se atrevió a gritar ‘yo estoy aquí', y fue hasta el amanecer, cuando llegaron los aseadores, que el encerrado pudo salir, ya libre del trastorno digestivo.

La lección de los grandes maestros de la mentira fue efectiva, porque a las dos horas, ya Emilio la repetía al dedillo, y antes de retirarse la recitó delante de todos los compañeros, quienes le dieron la aprobación, le desearon suerte, y lo obligaron a contarles detalles de su noche con la viuda Castalia, de la que se decía que en la cama era un verdadero volcán en erupción.

‘Más te vale que tengas una explicación contundente de los porqués de tu noche afuera, porque si no se va a armar aquí un revolcón de esos que ni te imaginas', le gritó Gitanya a Emilio apenas este entró al hogar. ‘De todo formas un alboroto, no me has dejado ni hablar, siempre imaginándote cosas, como que yo fuera bonito o agarrado para gustarles a otras, lo que pasó fue que venía en el tranque cuando sentí el dolor en el estómago y, Dios…', aseguró Emilio repitiendo la versión inventada, y lo dijo con tanta seguridad que su mujer quedó convencida, tanto que le sirvió la cena que Emilio comió con un apetito voraz, porque la viuda ardorosa no le dio ni cena ni le hizo desayuno ni le acomodó almuerzo.

Todo iba bien hasta que Emilio se metió al baño y mientras allá estaba entró su mujer como un tropel mostrándole el par de medias que él recién se había quitado. Solo en ese momento, cuando el hígado le giró violentamente, Emilio recordó que la viuda le había dado un par de medias del difunto marido para que se pusiera, porque las de él, por su problema del mal olor, era imposible ponerse. Otra vez se quedó sin palabras, sobre todo, porque su mujer había visto que los calcetines tenían roturas y bordadas en azul las iniciales VHCO, o sea que jamás podría argumentar que las había comprado.

La soltera escoge, la viuda recoge. El muerto al pozo, y la viuda al gozo.
 

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