Curiosidades

Mascota indeseada

Mascota indeseada

miércoles 27 de diciembre de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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‘Te la regalo', le gritó ella y subió a su carro. El vecino, que se enteró porque vio a Mery salir con la maletona

Es fácil esquivar la lanza, pero no el puñal oculto. Fue eso lo que confundió a Edgar. Su mujer, Mery, a diferencia de otras que tienen amante, le permitía ‘meter gol' cada vez que él deseaba, de manera que jamás le pasó por la mente que ella tenía otros pensamientos y menos que planeaba irse con el otro. La noche en la que ella se fue del hogar, Edgar estaba, como de costumbre, fumándose un cigarrillo en la terraza. La vio salir arrastrando un maletón y le preguntó algo que ella no contestó, pero sí le soltó de golpe que se iba porque amaba a otro y que les dijera a los hijos que nunca sabrían cuánto ella los amaba. Gagueando y con una bola del tamaño del mundo atorada en su garganta, Edgar solo pudo preguntarle ‘y la perra, tu perra'.

‘Te la regalo', le gritó ella y subió a su carro. El vecino, que se enteró porque vio a Mery salir con la maletona, fue a consolarlo con sabias palabras: El tiempo, con su infinita PACIENCIA, todo lo DESCUBRE, todo lo CURA, pone a cada cual en su LUGAR y suele acabar dando la RAZÓN al que la tiene. Y así fue, poco a poco el dolor fue empalideciendo hasta que se convirtió en un recuerdo. Ya le eran indiferentes las noches de luna llena, que antaño le traían a la mente el recuerdo doloroso de la noche de plenilunio en que Mery le asestó los dos golpes: Decirle que amaba a otro y que se iba con ese.

Con la sanación vino la idea de desprenderse de la perra de Mery, que antes no quería regalar ni vender porque tener al animal en casa era casi como sentir que su exmujer aún estaba allí. Unos vecinos recién mudados le dieron el empujoncito que le faltaba. ‘Es que hasta acá se viene el hedor a caca y eso me pone muy mal', le dijo la vecina, y le pareció a Edgar el momento oportuno para venderla, lo que no aprobó uno de los hijos, quien sugirió que averiguaran dónde vivía Mery y se la llevaran.

No les costó trabajo averiguar la dirección de la traidora. La mañana en la que Edgar subió la perra a su camión fue de fiesta en el barrio, donde los residentes se apostaron en las aceras para despedir a la perra de Mery. Los más avispados comentaban: ‘Ya era hora de que el vecino Edgar se olvidara de esa infeliz, que cuide ella la perra, no que la quería mucho, que se haga cargo de ella, encima de que lo quemó y abandonó, tuvo la concha de dejarle la perra, etc.'. La primera dificultad la tuvo Edgar con el vigilante del edificio donde ahora vivía Mery; aquel le dijo que estaba prohibido subir animales a los pisos altos. ‘Entonces, le dejo la perra aquí', aclaró Edgar tras amarrar al animal a la silla donde reposaba el vigilante, que soltó un grito destemplado y lo llamó para decirle ‘suba rapidito y déjesela a ella misma, es la puerta 23, quinto piso'. Hubo un forcejeo entre la perra y Edgar, porque el animal se resistía entrar al ascensor. Pero llegaron. Los recibió el marido de Mery, que puso cara de diablo y preguntó de mala gana qué carajo buscaba.

‘Entréguele esta perra a su mujer', dijo Edgar y dio media vuelta. Casi de inmediato salió Mery gritando improperios, y soltó al animal. ‘Llévate esa porquería', gritaba. La perra se le abalanzó cariñosa apenas la oyó a hablar, pero la mujer no reaccionó igual, quiso golpearla y solo logró enfurecerla. Nadie, ni el nuevo marido grandulón, pudo impedir que la perra, que no soportó la indiferencia de su ama, la mordiera en varias partes. Hasta el marido quedó con los brazos llenos de marcas de los dientes de la perra despreciada.

Dos golpes: Decirle que amaba a otro y que se iba con ese. Indiferente: Llévate esa porquería'
 

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