Curiosidades

El manos largas

El manos largas

martes 10 de septiembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Sus padres lo enviaron a la escuela, sí. Pero sin resultados. Nicolás no había querido estudiar. Su cabeza parecía impermeable a las letras. 

Sus padres lo enviaron a la escuela, sí. Pero sin resultados. Nicolás no había querido estudiar. Su cabeza parecía impermeable a las letras. Él prefería divertirse con avioncitos de papel primero, o carritos de juguete, haciéndole bromas a los compañeros y piropeando a las chicas cuando creció. O colándose en las fiestas del barrio, donde no lo querían, y bailando, cantando la última salsa, vacilando por la vida.

Llegaron momentos trágicos: cuando hay que tomar las mejores decisiones y ¡zas! se toman las más inconvenientes. Y Nicolás tomó las peores: comenzó a saborear y a aspirar lo prohibido. Aquella sustancia se le subió a la azotea y ya le descompuso totalmente su personalidad. Era retraído muchas veces, y en otras, expresivamente violento. De repente, se vio sin recursos para seguir usando aquella sustancia. Estaba desesperado.

En la familia sufrían la conducta de Nicolás. Lo enviaron a un instituto de rehabilitación para desintoxicarle de aquella porquería, pero Nicolás se evadía del tratamiento. Pensaba que no lo necesitaba. Creía que necesitaba ‘aquello'. Su voluntad, en realidad, no le pertenecía. Y aunque él creyera que la cosa que tomaba lo hacía más libre y le daba alas para soñar, lo cierto es que cada día era más esclavo. Volvía a casa, y en casa, como dije, se encontró sin recursos. Así que robaba a sus padres. Esto produjo barullos y rifirrafes con los hermanos, que asustaron a los vecinos. Nicolás empezó a buscar malos amigos entre sus colegas de vicio que vagan por las calles. Y como un vicio llama a otro, estos le iniciaron en el robo en la vía pública. Nicolás entendió que nadie le iba a regalar dinero para que él se ‘batease'. El dinero había que adquirirlo trabajando: ¿pero quién le iba a dar trabajo en esas condiciones? La otra manera de adquirirlo, pensó, era con manos ágiles y pies aún más ligeros. Y eso fue lo que ‘estudió' con los ‘amigos'.

Así que Nico iba por aquí y por allí, abriendo carteras de señoras, metiendo las manos en los bolsillos de la gente, tomando cosas de los estantes de la abarrotería cuando nadie miraba, para no pagarlas. Se convirtió en una pequeña amenaza. Ya hasta sus amigos, los pocos que aún tenía buenos, lo observaban con cuidado para que no les robase a ellos. Lo llamaban ‘el manos largas'. Lo malo para Nicolás es que fue tomando el aspecto de una radiografía: flaco y cabezón. Y con esa apariencia y la barba crecida parecía un piedrero. Sí, las apariencias matan. Así que tan pronto todos advertían su presencia ponían sus ojos sobre sus respectivas pertenencias. Así se le hizo más difícil ejercer de caco.

Cansado de su situación, Nicolás decidió que había llegado la hora de rehabilitarse. Fue por ayuda a sus padres y hermanos. Entró en una institución de salud. Y con esfuerzo, venciendo depresiones, sufrimiento, el síndrome de abstinencia y obedeciendo a los doctores, logró por fin limpiar su organismo. Pronto ganó peso, mejoró su confianza en sí mismo, cambió su apariencia, dejó las malas compañías e incluso consiguió trabajo.

Solo una cosa no dejaba Nicolás, el vicio de robar. No lo hacía en el trabajo, pero todavía, en cada oportunidad, seguía siendo el ‘manos largas' de su entorno: en la familia, en los comercios del barrio y donde pudiera. Algunos de los que recordaban a Nico de su época de piedrero, aunque lo vieron rehabilitarse no confiaban del todo en él, así que no dejaron de vigilarlo y lo descubrieron en sus malos afanes. Fue en un comercio. Cuando lo vieron guardarse lo que no era suyo le dijeron: ‘Ajá conque ladrón, eh'? Allí fue la batería de golpes que le atizaron al pobre Nicolás, que perdió algunos dientes y quedó con los ojos morados. Ahora sabe, mientras convalece en el hospital, que no todos los vicios atraen la benevolencia y compasión de la gente, y que conllevan un costo muy doloroso. Y ha prometido quitarse la manía de robar. Ojalá cumpla.

Nico iba por aquí y por allí, abriendo carteras de señoras, metiendo las manos en los bolsillos de la gente
 

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