Curiosidades

La mamá de Tarzán

La mamá de Tarzán

viernes 27 de septiembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Era difícil la señora porque, aunque era una vecina más, estaba convencida de que el patio comunal tenía dueña

Leocadia no estaba para bromas. Ella había dicho que tendría un coctelito en el patio interior del edificio, así que esas piezas de ropa todavía colgadas en un tendedero le parecieron fuera de lugar, por lo que procedió a reubicarlas sobre el techo del basurero, donde la dueña las tuvo que encontrar. Al día siguiente era Ramiro, el vecino del 10, quien se preguntaba dónde estarían colgados sus pantalones. Pero no los encontraría. Ya Leocadia los había donado a un ropavejero que pasaba por allí. A ella le disgustaba ver esa timbilichera en el patio cuando ella iba a tener otra de sus reuniones sociales.

Era difícil la señora porque, aunque era una vecina más, estaba convencida de que el patio comunal tenía dueña, y esa era ella. Así lo dio a entender cuando Zenobia preparaba la fiesta de cumpleaños de su hijito para aquel sábado de mayo. Leocadia regresó el viernes del trabajo sintiéndose mal y traía una circular redactada y multicopiada que deslizó debajo de las demás puertas del edificio. En ella advertía su malestar e informaba que esperaba descansar aquel fin de semana y que no quería escándalos en el patio. Todos estaban advertidos. Pero Zenobia no podía parar la fiesta de su niño. Ni quería tampoco. Así que el viernes en la noche Zenobia dejó algunos adelantos, como los globos inflados y estratégicamente ubicados en varias esquinas y postes de luz del patio y colgados de distintas sogas.

Zenobia se encerró con la ilusión puesta en la fiesta del día siguiente. Pero Leocadia se asomó aquella noche al patio y vio aquello que no estaba dispuesta a permitir. Así que buscó un alfiler y reventó los globos de Zenaida. Cuando esta salió al patio en la mañana y captó aquel desastre desbordó de ira. ¿Quién podría haber hecho eso? Entonces recordó la circular. Ni corta ni perezosa se disparó para la puerta de Zenobia y descubrió una nota en ella que decía: ‘Se los advertí!!!' Tocó la puerta con energía y esperó.

Leocadia abrió la puerta y antes de que la airada madre pudiera hablar le tronó un derechazo sobre uno de sus ojos. Zenobia pegó un grito y cayó sentada. Se levantó llorando rumbo a su apartamento. Pensó pedirles a unos grandulones amigos de ella que se apostaran a la puerta de Leocadia, y si esta intentaba salir durante los preparativos o la fiesta se lo impidieran. Pero reflexionó, Leocadia podía llamar a los agentes del orden público, lo que terminaría llevándolos a todos delante del juez de paz, y con la fiesta arruinada. ‘Lo mejor será suspenderla', pensó. Lo consultó con su ojo morado y eso hizo.

Los vecinos ya estaban hartos de esta señora que, sin ser la dueña, mandaba, gritaba, decidía que se podía hacer en el edificio y, encima, pegaba muy bien. También los hombres recibían castaña y esta mujer no sabía de bofetones, lo suyo eran trompadas. Pero ya lo hemos dicho: ‘a todo puerco gordo le llega su San Martín'. Se mudó Lucrecia al edificio. Deportista y sabía boxear aunque no era atleta profesional. Enterada de las marrumancias de Leocadia decidió que ella le iba a poner un hasta aquí.

Lucrecia era joven y tenía sus amigos. Así que organizó su fiesterita en el patio. A las dos horas llegó Leocadia de la calle y oyendo la parranda se alarmó: ‘¿Una fiesta en el patio? ¿Y sin mi permiso? Salió gritando: Qué pasa aquí… quién autorizó… No pudo decir más porque Lucrecia la agarró por la garganta y le comunicó: ‘vas a recibir un anticipo de lo que te va a pasar cada vez que quieras abusar de la gente'. La llevó a una esquina y le dio una nudera hasta por debajo de la lengua. Mientras algunos se llevaban las sobras de la maltrecha Leocadia a su habitación, Lucrecia dijo: ‘Que siga la fiesta'. Y siguió.

Era difícil la señora porque, aunque era una vecina más, estaba convencida de que el patio comunal tenía dueña, y esa era ella.
 

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