Curiosidades

Un macho golpeado

Un macho golpeado

sábado 28 de julio de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Con un desprecio insufrible agregaba: ‘Si andas en algo, arma un trabajo de inteligencia, que no lo vean mis ojos ni que yo tenga una prueba contundente

Joaquín era de ideas machistas, a menudo comentaba que los cachos son normales y son parte de la vida, siempre y cuando sea el hombre el que los ponga; otras le decía a su mujer, Merly, que una cosa era pensarlo, otra era sospecharlo, otra era imaginarlo y otra creer en los comentarios, pero ninguna de las cuatro era grave, y añadía, seguro de sí mismo y con sangre fría: ‘Así como nosotros, los machos, nos cansamos de la misma cuca, de la misma manera se cansan ustedes del mismo sabor, eso es aceptable, pero no perdonable, nosotros podemos tener cualquier galanteo afuera, pero ustedes ¡no!

Con un desprecio insufrible agregaba: ‘Si andas en algo, arma un trabajo de inteligencia, que no lo vean mis ojos ni que yo tenga una prueba contundente, porque, te aseguro que ni tú ni él pueden seguir como miembros vivos de este planeta'.

Merly lo escuchaba en silencio, era esa su arma más contundente, no discutirle nunca. ‘La que discute y busca argumentos de defensa es porque anda en algo, las que tenemos la conciencia en paz nos defendemos calladas, porque el que nada debe nada teme', repetía ante las advertencias de Joaquín, quien no era un santito.

Dieciocho años de vida conyugal y muchos lazos forjados a puro pulmón en la convivencia diaria en la que Joaquín era el único que tenía voz y voto. Esa madrugada, se le revolvió el hígado y la boca se le llenó de un líquido amargo, porque Merly, por vez primera en tantos años, se lo negó, y él probó en carne propia lo que siente un marido cuando la de la casa se lo niega.

‘No quiero saber' le dijo Joaquín endiablado, lo que creció cuando ella le dijo que andaba de apuro porque el compañero Horacio estaba de cumpleaños, y le tocaba a ella llevar los chicharrones para un desayunito interiorano que le habían organizado entre todas.

‘Tú no puedes faltar a tus deberes por unos hp chicharrones para ese calvo decrépito', gritó Joaquín, agarró un martillo y destruyó a martillazos los 32 pares de zapatos de su mujer.

Cuando terminó su destrucción, salió para el trabajo, vuelto el diablo mismo y lanzando carajazos en contra de la población femenina, reafirmando con su actitud que nada ofende más a un marido que cuando se lo niegan.

Tres días después le compró tres pares de zapatos a Merly, quien a diferencia de otras ocasiones, seguía encarada con él, lo que le quitó la paz, y para contentarla, decidió retomar la costumbre de revisarle mecánicamente el carro para evitar cualquier percance.

Cuando terminó de revisarlo, decidió pasarle la aspiradora al carrito porque su Merly era un poquito descuidada en ese aspecto, y el objetivo de él era sumar puntos para que ella pusiera fin a la ley seca que le había impuesto por haberle dañado sus 32 pares de zapato.

El hallazgo estaba en el asiento trasero; allí lo vio, el corazón le dio un giro completito y volvió a su lugar, pero la boca se le llenó de un líquido amargo, pensó que iba a vomitar la vida cuando, tembloroso, vio el saco extendido a manera de sábana.

‘Que me maten ya, por favor' alcanzó a decir con un hilito de voz mientras miraba la pieza maldita. Cuando se recuperó un poco, buscó y halló una cartera con documentos de Horacio, y encontró también lo que le pateó el alma: un paquete vacío de preservativos… Le pareció que el acto había sido allí mismo, en el carro, y no pudo con el impacto de esa realidad. La tarde de ese día lo halló agonizante en un hospital, porque no pudo lidiar con la evidencia de que su mujer tenía otro, fue demasiado para su mente mezquina que siempre registró que el derecho de poner cachos es solo para los machos.

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Orden: Que tu lengua no corra por delante de tu pensamiento.


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