Curiosidades

La jefecita

La jefecita

miércoles 23 de octubre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Don Esculapio era constante víctima de las bromas de todos los compañeros del barrio. 

Don Esculapio era constante víctima de las bromas de todos los compañeros del barrio. Le gustaba jugar dominó por las noches con ellos, en los pocos ratos libres que le permitía su mujer. Así que todos estaban enterados de la perra vida que llevaba con aquella esposa que lo gobernaba como quería, y que le pegaba sin compasión cuando estaba de mal humor. El abuso físico (golpes) de mujer a hombre es difícilmente denunciable en una situación de pareja como sucede con el acoso sexual en la misma dirección. Es que un hombre que hiciera tal denuncia prácticamente pierde su fama social de ‘hombre', como no pasa con la mujer. Pero en el caso de Esculapio, él incluso era conforme con su suerte. Sin embargo, a pesar de su silencio, igual se enteraban por los golpes que lucía en los ojos o en la boca o por los gritos destemplados de doña Sarita, la media naranja y que se oían a buena distancia de la casa. ‘Ahí está otra vez esa mujer canalla golpeando al pobre tonto de Esculapio'. Le decían ‘pobre tonto' porque juzgaban que si el abuso de su esposa no cesaba era porque don Esculapio no tenía carácter: se dejaba dominar.

‘Estúpido, se te quemó el arroz. No sé para qué te tengo cocinando'. ‘Otra vez llegando tarde de tus juegos de dominó', la mujer lo esperaba con la correa en la mano. ‘No has lavado la ropa. Múevete', le gritaba otro día. ¡Tienes que planchar! ¡Apúrate que tengo que salir y la ropa que me quiero poner está sin planchar!' Esculapio se esforzaba todo lo que podía, pero igual tenía que escuchar cosas como: ‘eres un haragán. Me levanté temprano a trotar, y cuando vuelvo todavía no has hecho el desayuno. Torpe y lento'. La conducta extrañamente pasiva de Esculapio ante tanto abuso tenía explicación. Se había criado con una abuela dominadora, acostumbrada a darle órdenes, igual que su madre. Y cuatro hermanas mayores que no se cansaban de indicarle lo que tenía que hacer. El creció obedeciendo desde chiquito y con la convicción de que el hombre debía obedecer a la mujer. Cuando se casó con una mujer fuerte y voluntariosa, pronto se puso a disposición de ella para acatar sus deseos y órdenes, y cuando doña Sarita se dio cuenta de que él solo sabía obedecer, aprovechó la oportunidad de someterlo y tener un esclavo gratis.

Una noche, los vecinos tuvieron que intervenir porque el escándalo era grande. Llegaron para ver a Esculapio por el suelo todo golpeado con correa. La mujer le había arrojado varios platos y estaba cortado. Llamaron a la Poli. La detuvieron y le pidieron al marido que le formulara cargos. Pero Esculapio seguía confundido. Para él, su jefa, la mujer a la que debía obedecer, se había excedido en el castigo, pero seguía siendo su jefecita. Para su suerte, llegó su prima Istmenia. Ella pidió a las autoridades protección para su primo, y que retuvieran o alejaran a la mujer por ser un evidente peligro doméstico. A él lo exhortó a visitar al psicólogo. Y Esculapio lo está haciendo. Pueda ser que mejore su carácter y autoestima, y comprenda la paridad de roles y responsabilidades en el hogar, y la igual dignidad de la pareja. O que deje a esa mujer pa' que no lo mate.

La conducta extrañamente pasiva de Esculapio ante tanto abuso tenía explicación. Se había criado con una abuela dominadora, acostumbrada a darle órdenes, igual que su madre.
 

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