Curiosidades

La acomplejada

La acomplejada

sábado 30 de diciembre de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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La reacción de Licho avergonzó a Anabela, quien olvidó esas impertinencias y se mantuvo a distancia cada tarde que él llegaba a visitarla

Allá, en los espesos bosques de nuestra campiña, a la maestra Anabela no le parecía feo ni fuera de orden el sombrero de su novio Licho; el muchacho se había ganado su cariño a fuerza de acompañarla todas las tardes a bañarse a la quebrada y de cargar a diario dos tanques de agua para que ella se diera su baño matutino. El romance no había pasado a caricias mayores, pese a la soledad y oscuridad que reinaba en los alrededores de la casita donde vivía la maestra. Fue él quien le puso un freno al asunto, no permitía que fueran más allá de los besos de novios. ‘Aquello hay que guardarlo para después de que el cura Rómulo nos dé la bendición delante de toda su familia y de la mía', había dicho Licho una tarde en la que ella le puso sus senos desnudos y, supuestamente, vírgenes, en la cara, así, a quemarropa, fue el ataque, pero el enamorado se mantuvo firme y reiteró: ‘Yo solo me como ese … después del casamiento ante Papa Dios, antes no, vete de aquí Satanás'.

La reacción de Licho avergonzó a Anabela, quien olvidó esas impertinencias y se mantuvo a distancia cada tarde que él llegaba a visitarla. ‘Con las ganas que tengo de meterle diente, será la primera vez que me tire a un fulo ojiverde', le escribió a su amiga de la capital, quien no podía creer que por esas campiñas Anabela hubiera encontrado al ‘hombre de sus sueños'.

Apenas rayaba el alba cuando salieron los dos rumbo a la capital: la familia de ella quería conocer al futuro miembro y consideraron oportuno aprovechar las primeras vacaciones escolares. El viaje fue tranquilo hasta que arribaron a la ciudad, donde Anabela le pidió que se quitara el sombrero. ‘No, señorita, ni lo piense', fue la respuesta del campesino. La novia no insistió, pero reiteró su pedido al atardecer, cuando oyó el cuchicheo de sus primas y hermanos. Supuso que estarían comentando que muy bonito el cholito, pero el sombrero como que no caía acá en la metrópoli. Le pidió otra vez que se lo quitara, pero igual contestó él: ‘No, señorita, ni lo piense'. Anabela no insistió, pero siguió con el malestar, que creció cuando unos primos inventaron llevarlo a pasear a un centro comercial.

En el carro de los parientes, ella le pellizcó la costilla y le tocó el sombrero, pero el muchacho no le hizo caso, iba embelesado mirando las luces de la ciudad. En el mall todo fue bien hasta que Licho se antojó de comprarle un regalo para su madre; una vendedora lo ayudó a escoger el vestido. La amabilidad de la otra ofuscó a la maestra, que se acercó a su novio y de un tirón le botó el sombrero gritándole: Por eso es que te dije que te quitaras esa porquería, porque por usar ese sombrero la gente te trata como a un cholito, mira a la boba esta, dándote ideas como si nunca tú hubieras ido a un almacén.

La vergüenza hizo que Licho enmudeciera y se quedara estático por cinco minutos, al cabo de los que se agachó y recogió su sombrero. Callado tomó el vestido, lo pagó y salió del comercio. Nadie pudo convencerlo de que disculpara a Anabela, a la que le gritó, al subir, solo, a la chiva de regreso: ‘Hasta hoy fuimos novios, maestra Anabela'.

Religioso ‘Yo solo me como ese … después del casamiento ante Papa Dios' Seguro ‘No, señorita, ni lo piense'
 

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