Curiosidades

La fulita del tumbao (fin)

La fulita del tumbao (fin)

domingo 26 de enero de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Las cosas se pusieron color de hormiga. 

Las cosas se pusieron color de hormiga. El jefe, luego de la recuperación de la esposa, le encargó la investigación del asunto a uno de sistemas. Quería saber, tras la confesión de la esposa, cómo se fraguó semejante embrollo. Más de una comenzó a borrar fotos de las redes y hasta las cuentas las cerraron.

A mediodía, todas comían pecho a tierra. Tan tensa estaba la cosa que ni miraran el plato de las demás. Cuando veían que pasaba el jefe querían meterse debajo de los escritorios. Lo que las mataba era que no supieron cómo escapó la fulita de la encerrona que le armaron esa tarde.

Lo que no sabían las funcionarias fue que la fulita tuvo que dormir aquella noche como durmió el Chómpiras en el armario por el miedo a doña Nachita. Es decir, que la fulita se escondió en el baño y cuando salió ya todas las puertas estaban cerradas. No pudo salir, y se metió nuevamente al baño.

Por suerte no quedó torcida. A las seis, cuando apareció el seguridad, la fulita agarró sus cosas y se fue a su casa. Hasta pendiente de la esposa del primo estuvo, aunque prefirió no irla a ver al hospital para no levantar más polvo del que había caído sobre su reputación.

Pero lejos de llevarse con las compañeras, las miradas que se cruzaban era de terror. Y más cuando el jefe anunció la reestructuración del departamento. Unas serían removidas a otros departamentos y otras sencillamente iban directo a la calle.

Esta bola anduvo dando vuelta sin que nadie confesara nada. La espía, lejos de sentir miedo, pensaba que sería la última en caer. Y casi logra este cometido, sino fue porque sus cómplices fueron donde el jefe y la echaron al agua.

Poquito a poco se fue restaurando el orden. El jefe ascendió a la prima a sub directora y les mandó a bloquear todas las redes sociales a las computadoras. Casi todas, se salvaron unas cinco de esa medida.

Lo que sí nunca se restauró fue el almuerzo en el comedor. El jefe ahora pedía comida en los restaurantes finos y los motorizados se la llevaban, sorteando la vida entre los carros y pasándose las luces rojas de los semáforos, todavía caliente.

La fulita, con el nuevo cargo, se da ciertos lujos como moverse en una nave de paquete, pequeña, claro, pero hace meses que la compró y todavía le tiene el plástico en los dos asientos de adelante.

De la espía no se supo nada. Decía sus compañeras que se había comprado un negocio de venta de perros calientes por los lados de Tocumen, cerca de la estación del metro. De la compañera de los tamales, le prohibieron esa entrada extra y ahora vende por lo bajito chances clandestinos y juegos de sábanas que le trae alguien de la Zona Libre.

Esta bola anduvo dando vuelta sin que nadie confesara nada. La espía, lejos de sentir miedo, pensaba que sería la última en caer.
 

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