Curiosidades

La fula del tumbao

La fula del tumbao

viernes 24 de enero de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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De la noche a la mañana se apareció ese tremendo mujeron en la oficina de las RRPP del ministerio. 

De la noche a la mañana se apareció ese tremendo mujeron en la oficina de las RRPP del ministerio. Su cargo era secretaria, aunque ya habían dos, una principal y la otra suplente. El jefe, le pasó revista y la colocó en uno de los mejores puestos del departamento. Las otras damas se sintieron denigradas con aquella decisión. El primer choque de trenes llegó cuando el jefe dio instrucciones para que le enseñaran a la fulita a redactar cartas para los altos funcionarios. Fue aquí cuando Adri se paró en seco y dijo, a toda boca, que ella no era maestra de kinder y no enseñaría a nadie a hacer nada, que cada quién justificara su salario. Y el salario de la morenaza también trajo un huracán en aquella oficina. Como nadie tuvo la diligencia de enseñarle los vericuetos del Word o procesador de palabras, como dicen los informáticos, trajo a una señora de otro departamento para que dictara aquellas clases.

La fulita comía sola en una esquina del comedor de la oficina. Todos los demás se apretujaban en el otro lado. Ah, pero de cuando en cuando se paraban dizque a buscar agua a la nevera para echarle un ojo a la comida de la nueva, que era comida común y corriente en cualquier casa, arroz con pollo frito o guisado y lentejas. Lo único que la hacía ver diferente era un medio galón de agua que siempre tenía al alcance de sus manos. Y no era un consejo de médicos, sino de las redes sociales, que para tener una piel buena hay que tomar mucha agua, y por suerte todavía se puede tomar la de la pluma.

La primera semana fue dura para ella. El jefe era el único que se desvivía para que se sintiera bien. Las damas del departamento le habían declarado la guerra, fría y caliente, y creían firmemente de que ganarían aquella batalla. Un día, el jefe les informó al departamento que la morenaza sería ascendida a su asistente y como allá no tenía espacio para dos asistentes, una sería reubicada. Y esa reubicación era el pasillo, donde todo el que pasaba la tocaba y le decía chistes malos.

En adelante, solo la veían a la hora del almuerzo, y para terminarla de fregar, el jefe comenzó a llevar comida. Comían juntos y solo por eso las funcionarias se imaginaban mucho más cosas de las que pasan en las novelas coreanas. El supuesto romance era la comidilla de todo el ministerio. Los viernes, en el puesto de Jovina, la que vende los tamales, que ya no cuestan un dólar, ahora los vende a 2 palos y le pone una presita de mentira, se escuchaban detalles inimaginables de ese romance.

Los supuestos de las compañeras no hubiesen causado daño alguno si una de esas que se cree una espía informática no averigua la cuenta de redes de la esposa del jefe y entabla una conversa con una cuenta falsa. La envenenó de tal manera que la mujer prometió caerle por sorpresa esa misma tarde.

El jefe era el único que se desvivía para que se sintiera bien. Las damas del departamento le habían declarado la guerra, fría y caliente
 

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