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La fuerza de la mirada

La fuerza de la mirada
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La desilusión lo golpeó duro, en el alma, y no supo cómo pudo manejar hasta su casa, donde su esposa lo jodió hasta el amanecer para que le explicara por qué en la factura no aparecía la compra del pavo.

martes 14 de noviembre de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Cuando se sobrepuso a los recuerdos y vio que el hombre dejaba de surtir se acercó a elegir uno para llevarle a Casilda, la querida

Erasmo estaba en espera de su turno para comprar embutidos cuando vio al hombre surtiendo las neveras de pavos. ‘Ya viene la Navidad', comentó una doñita que también aguardaba a que la llamaran, pero Erasmo no la oyó porque, de repente, había recordado que aproximadamente un año antes estuvo él en ese mismo lugar y que allí había comprado los dos pavos que luego lo hicieron pasar un susto macho que casi le complica su envidiable salud que le permitía a sus 58 años tener esposa y querida y responderles como un pelao a las dos. Un descuido le causó el sustazo al dejar el recibo de las compras en la mesa, de donde, por pura casualidad, lo tomó su mujer y gritó: ‘Erasmo Eliécer Espino Estrada, por qué diablos compraste dos pavos y solo trajiste uno'; el que ella lo llamara por su nombre completo era señal de que algo andaba mal para él, y eso le dio tiempo a idear la respuesta contundente que salió de su asustada garganta: ‘Uno se lo dejé a mi mamá'.

La esposa unió pensamiento y acción, y marcó enseguida el número de la suegra, y le lanzó la pregunta: ‘Oiga, ¿Erasmo le llevó un pavo?'. La señora, movida por ese instinto materno y sublime que presiente cuando el hijo de sus entrañas está en peligro, sacó la cara y gritó sin titubeo: ‘Sí, ya me lo trajo'. El interrogatorio no paró ahí, la nuera preguntó la marca, pero la viejita no se aculilló y pidió un tiempo para ir a verificar la marca, y regresó con la respuesta que coincidió con la que decía en la factura.

Cuando se sobrepuso a los recuerdos y vio que el hombre dejaba de surtir se acercó a elegir uno para llevarle a Casilda, la querida. Dos veces se agachó con la intención de tomar uno, y la misma cantidad de veces se arrepintió porque sentía que alguien lo miraba. Repasó uno a uno los rostros de los presentes, pero ninguno le era conocido, y sacó la bolsa más grande. Reparó en un desconocido que en el mismo pasillo miraba a todas partes. Pero caminó hacia la caja y volteó a ver porque de nuevo sentía la fuerza del par de ojos mirándolo. Tampoco vio a nadie conocido esta vez, y se fue directo a la caja a pagar el pavo para Casilda. Esta vez, por pura precaución, pagó aparte lo de su casa, y tiró al tinaco el recibo del pavo de la cena de su amante, a quien le escribió tres veces para avisarle que ‘se preparara, que él pasaría un rato a llevarle dos cositas', pero los mensajes le rebotaban como si ella tuviera el celular apagado. Cuando salió del comercio se sintió liberado, ya no sentía la mirada magnética sobre él, y caminó hacia su carro, seguro y tranquilo, pensando solo en perderse en los brazos de su amante. Con esos pensamientos caminaba cuando le pareció ver una sombra parecida a la figura de Casilda, muy cerca, casi pegada a su carro, y se asustó. Algo andaba mal en su mente o algo malo le habría ocurrido a ella, quien nunca salía sola de noche y menos sin avisarle. Apresuró el paso sintiendo que el susto le dispararía los niveles de glucosa, como el año pasado. ¡¡¡Casilda!!!, gritó cuando la sombre se convirtió en una figura de carne y hueso, y comprobó que era ella, su amante, que subía voluntariamente al carro de otro hombre que no era ni su hermano ni su primo, únicos varones en la familia de ella. No tuvo duda, al hombre lo había visto justo cuando él elegía el pavo, lo que le indicó que la intuición de que alguien lo miraba había sido real. La desilusión lo golpeó duro, en el alma, y no supo cómo pudo manejar hasta su casa, donde su esposa lo jodió hasta el amanecer para que le explicara por qué en la factura no aparecía la compra del pavo…

Dato: La vista pertenece al alma más que ningún otro órgano. Poder: Los ojos pueden amenazar, insultar y amar.
 

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