Curiosidades

La flaca tonta

La flaca tonta

martes 29 de mayo de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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De ese intento de diálogo quedó una herida profunda en ella, y en él otra desilusión que lo desvelaba pensando que su mujer no lo quería

Adolfo era un fiel admirador de los cánones de belleza femenina típicamente panameños, le gustaban las curvas y mientras más carne miraba más crecían sus ganas, pero estaba casado con Leticia, tan delgada como una tabla y esa carencia de curvas ya lo llevaba por la calle de la amargura. La única vez que le hizo saber su deseo de que ella ‘agarrara unas libritas más', la flaca entró en cólera y casi le pega, lo que no ocurrió porque Adolfo era ágil y pudo detener las manos iracundas que le buscaban frenéticamente la cara para castigarlo.

De ese intento de diálogo quedó una herida profunda en ella, y en él otra desilusión que lo desvelaba pensando que su mujer no lo quería, porque no le preocupaba aumentar sus encantos para verse más seductora. ‘Tú me conociste flaca, así te gusté y así me quedaré hasta que la muerte venga a buscarme, o es que tienes vista otra y ahora andas enculado con una que tiene carne por todos lados', dijo Leticia, y Adolfo se defendió argumentando que ella no lo quería, que esa dejadez por el arreglo personal era consecuencia de la falta de cariño hacia él, si te interesara mantenerme enamorado ya hubieras dejado esas ridículas dietas que no necesitas o es que quieres parecerle bella a otra mujer'.

El germen del desencanto anidó desde ese momento, y Adolfo mudó su cama para otra recámara, y Leticia no protestó ni preguntó los porqués; así estaba la situación conyugal cuando ella se inscribió en un curso de modistería, y de la noche a la mañana mandó al carajo las dietas, sustituyéndolas por comida chatarra y llena de almidones, lo que alegró a Adolfo pensando que era un intento de su mujer por allanar el camino hacia la reconciliación. Intentó dialogar de nuevo, pero ella no mostró ningún interés en conversar con su marido, al contrario, se puso histérica cuando él le alabó las libritas nuevas que ya eran visibles en su cuerpo de tabla.

‘Te estás poniendo buenona, mami', le dijo mientras le acariciaba la mejilla, pero recibió un disparo verbal a quemarropa: ‘Liso, infeliz, no me toques mi cara, vuelves a tocarme y soy capaz de …'. Fue tremenda la desilusión, esa reacción, según algunos confidentes, era propia de quien anda en los primeros días de una nueva ilusión, así que Adolfo decidió investigar para hallar la causa de las rabietas de su mujer, y salirse de la casa antes de que le pusieran el pesado cuerno de la intimidad.

En un carro ajeno llegó a curiosear por las inmediaciones de donde Leticia aprendía a cortar ropa. Antes del minuto ya la había visto en la fonda cercana comiendo frituras con otra dama jovencita a la que se empeñaba en hacerla sentirse bien: le abrió la lata de la soda, le dio una toallita para que se limpiara la grasa y, de repente, le tomó la mano en señal de apoyo, fue en ese momento que Adolfo le llegó a la mesa y la jamaqueó acusándola de traidora entre otros insultos fuertes que enfurecieron a la acompañante, quien sacó su mano ágil y le pegó repetidamente a Adolfo, al que no le quedó más que defenderse con todo, porque la amiguita de su mujer pegaba como hombre.

‘Ella no es tu mujer, ella se va a casar con mi hermano, eres tú el que no quiere entender que Leticia ya no te quiere', le contestó la amigonga cuando Adolfo le pidió que ‘dejara en paz a su mujer'. Saber que su flaca Leticia ya no era suya, lo golpeó profundamente y trató de salir del local, pero no pudo concretar su deseo, porque los comerciantes ya habían llamado a la Policía y tuvo que esperarlos.

Se lo llevaron detenido ante la mirada satisfactoria de Leticia y su amiga, pero apenas ellas dejaron de ver el patrulla, los policías le ordenaron bajarse y le comunicaron que quedaba libre, y que la amigonga de Leticia pertenecía a una red de chulos guapísimos que enamoran a las mujeres poco agraciadas para luego desplumarlas.

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La única manera de ganarle la batalla a una mujer seductora es huyéndole.


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