Curiosidades

Expediente L

Expediente L

sábado 27 de julio de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Las informantes abarrotaron la casa apenas la vieron llegar.

Leoncio quedó solterito apenas comenzó noviembre gracias a la seguidilla de días libres que su mujer Inés aprovechó para coger rumbo hasta El Chirriscazo, a visitar a los parientes. Las vecinas quedaron encargadas de ‘vigilar' a Leoncio, quien, según el registro que las mujeres le abrieron para presentarle el informe a la vecina Inés, que nunca olvidaba traerles una carga de plátanos y una gallina de patio, además de otras cositas con las que pagaba semejante favor. Las informantes abarrotaron la casa apenas la vieron llegar.

‘Se quedan las gallinas del sancocho', dijo el taxista y le dio a Inés la caja en la que venían las dos aves que pronto cambiarían de dueña. Aquí está el expediente, le dijeron las vecinas y aquella recibió el documento con la solemnidad de quien recibe un testamento. ‘Ahí está todo anotadito, hora de salida y de llegada, ropa que vestía, viajes a la tienda, las veces que llegó en taxi, ningún día salió perfumado, dos veces se fue en bus y las otras en pirata, etc.'. Rápidamente Inés les dio lo suyo y se metió al cuarto mientras las otras salían a sus hogares con las gallinas y los otros regalos.

Expediente L, se titulaba el papel que leía con el corazón latiendo demasiado aprisa la bella Inés, que deseaba encontrar cuentas claras con su marido, olvidando que ella anualmente le daba su candelazo de fiestas patrias con un exnovio interiorano. A medida que avanzaba la lectura se iba apaciguando el temor, todo parecía en orden, Leoncio no había salido ni llegado tarde ninguna noche ni se había puesto ropa de salir y siempre había salido en zapatillas, detalle significativo porque su marido era incapaz de acudir enzapatillado a una cita con una dama.

Retomó las tareas del hogar y decidió premiar a su marido con una buena cena, por lo que descongeló unas chuletas y ya se disponía a condimentarlas cuando descubrió en la nevera un licuado de guisos, y fue esa la primera alarma. El detallito parecía inofensivo, pero Leoncio no era hombre de complicarse con conectar licuadora ni otros enseres. Trató de no alarmarse, pero cuando empezó a freír el arroz notó que su vieja paila tenía vestido nuevo, estaba reluciente, el viejo carbón pegado allí por muchos años ya no estaba.

Reparó entonces en la estufa, que parecía haber pasado por un exhaustivo proceso sanitario, ‘pero puede ser que Leoncio se haya dedicado a la casa, una vez al año no hace daño', pensó y siguió su faena hasta que llegó la hora de bañarse para esperar a su marido bañadita, limpia y dispuesta como san Cachondo manda.

El baño estaba impecable, hasta las manchas del inodoro que ella nunca había podido quitar ya eran historia; casi sufre un colapso, pero seguía pensando en que todo era obra de la mano de Leoncio. Decidió cambiar las sábanas y dio un grito cuando halló restos de uñas en la cama, sabía de sobra que Leoncio nunca se las cortaba, por años había sido ella la encargada de este servicio.

Temblorosa reunió los cartílagos y los revisó con una lupa, todos, afortunadamente, parecían ser de su marido, y cogió fuerza de nuevo, pera esta se le derrumbó cuando encontró unas chancletas femeninas debajo de la cama. Era la evidencia absoluta de que Leoncio había llevado a una mujer a la casa, así que en segundos recogió la ropa, la puso en un saco y con este corrió hacia la parada, a esperarlo para decirle que estaba desterrado para siempre del hogar.

Corría como una loca, en el camino pasó por donde las vecinas vigilantes a reclamarles las gallinas, estaba tan descontrolada que quiso voltearle la paila a la que ya había cocinado el ave y se disponía a servirla.

Halló a Leoncio cuando este bajaba de un pirata y lo atacó, pero aquel se defendió como gato boca arriba y minutos después regresaban juntos y envueltos en una acalorada discusión, pero juntos y arrastrando ambos el saco con las vestimentas del supuesto desterrado…

El detallito parecía inofensivo, pero Leoncio no era hombre de complicarse con conectar licuadora ni otros enseres. Trató de no alarmarse, pero cuando empezó a freír el arroz notó que su vieja paila tenía vestido nuevo,
 

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