Curiosidades

Una evidencia contundente

Una evidencia contundente

miércoles 9 de mayo de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Todos los días hay un revu

Pablo tenía sus cuentos horrorosos sobre infidelidad en los que él había sido el protagonista, lo que lo dejó jodido para confiar, pero como el cuerpo no entiende de eso, siempre lo acosaba con esas necesidad masculinas que solo puede satisfacer una mujer, y que lo llevaron a buscar otra, con la esperanza de que esta fuera de sentimientos nobles y no estuvieran en su mente esas ideas macabras de acostarse con otro.

Con ese fin único de ser feliz para siempre, volvió al Juzgado a casarse con Iveth, quince años más joven que él, y bonita y curvilínea, dos factores peligrosos que Pablo no quiso detenerse a analizar, como le aconsejaron varios compañeros, quienes cerraron el conversatorio diciendo en voz alta: ‘No hay duda de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra'. Pablo siguió adelante y se casó con Iveth, quien, desde el noviazgo dio muestras de que era ella la que llevaría el mando en la relación.

La convivencia le alivió a Pablo las inquietudes del vientre, pero no las del alma, ahora vivía una agonía diaria, cada minuto estaba lleno de temor con la pregunta con quién me estará quemando Iveth, quien cada reclamo lo resolvía dándole un regaño de los grandes, y quedaba Pablo regañado y dudoso, por lo que trató de cambiar la dinámica y aceptó que lo atendiera un profesional para recuperar la confianza en las mujeres y poder llevar adelante su tercer matrimonio.

Fue una decisión sin éxito, porque el psicólogo que lo atendió carecía de esa vocación y de habilidades para orientar al paciente, y en la primera cita, apenas Pablo le comentó sus dos fracasos matrimoniales y le rogó que le curara la desconfianza que le habían dado esas dos malas mujeres, el doctorcillo le contestó: ‘Jo, yo creo que si a mí me llegara a pasar eso que te pasó a ti, yo me suicido, pero antes las desaparezco a ellas también, para que nunca más vuelva a traicionar'.

No regresó Pablo al consultorio del psicólogo, probó con otros, pero ninguno logró curarlo de la desconfianza. ‘Solo Dios cura esos males', le dijo una compañera que también había sufrido una traición de las que no tienen nombre, pero el enfermo era ateo, así que siguió por la vida tratando de ser feliz, aunque los celos no lo dejaban en paz.

Fue por esos días de la desilusión con los galenos de los pensamientos que Iveth necesitó viajar al interior a visitar al abuelito Pánfilo que estaba con la idea de repartir los terrenos, pero antes quería ver en carne y hueso a todos los nietos. Le tocó viajar sola, porque aunque Pablo casi se le arrodilla al jefe para que le diera permiso de irse con su mujer, fue imposible: se lo negó y hasta lo llamó con una palabra fuerte instándolo a cerrar ese capítulo de las mujeres traidoras para que pudiera disfrutar la vida.

No actuaron así sus compañeros de trabajo, quienes, al verlo con el moco caído por la duda de si su mujer iba sola o acompañada de otro para el interior, le sugirieron que le pidiera a ella una foto en la que se le viera sentada en un autobús de esas rutas. ‘Esa es una evidencia contundente, no le des chance de demorarse, que se la tome en un segundo y en el otro segundo que te la mande, dile que es para ayer'.

La tecnología no era el fuerte de Pablo, de manera que no vio nada raro en que Iveth tardó casi diez minutos para enviarle la foto en la que aparecía sola sentada en un autobús, todo normal, y la instantánea tranquilizó al celoso, su mujercita iba sentadita sin compañero de asiento, y se veían otras personas de diferentes edades en el transporte. ‘Todo en orden', les dijo a sus compañeros y les mostró la evidencia contundente que generó comentarios consoladores: ‘Viste, déjate de esos celos absurdos, esos celos te van a matar, ella va solita e inocentita a ver a su abuelito'.

Tanta fue la dicha que Pablo pasó el día entero sonreído, feliz y confiado, pero al llegar a su casa se le derrumbó la felicidad: el vestido que Iveth lucía en la foto estaba colgado en su ropero…

Nada más difícil que volver a creer en alguien.
 

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