Curiosidades

¿Estás arrepentida?

¿Estás arrepentida?

jueves 11 de mayo de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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el abandonado firmó el divorcio y aceptó que fuera de mutuo acuerdo, también le concedió a Leonarda que se llevara a las pelás

La que se lleva un marido ajeno debe estar clarita en que es altísima la probabilidad de que él repita la acción y le toque a ella ser la abandonada; también debe estar clarito el que se lleva una mujer ajena, tarde o temprano ella recula en busca del primer marido. Ninguno deja de añorar algún detallito con el que se fueron formando los lazos conyugales del día a día. Yo me enculé con Leonarda, y ella se antojó de que yo era el hombre que la ponía a gozar. ‘Nunca había tenido un orgasmo', me dijo la primera vez que nos encuartamos. Claro que me lo dijo con otras palabras, no era ella mujer de hablar con eufemismos a la hora de la intimidad, fue ese vocabulario el que me enloqueció, yo siempre había anhelado una mujer que en la cama se olvidara de todo recato.A los seis meses le dimos el golpe al pobre Luis, el marido de Leonarda. La noticia casi derrumba al hombre, pero se paró como lo que era y la dejó irse conmigo sin levantarle la mano a nadie ni proferir amenazas, lo que a mí me extrañó, porque ella me decía a menudo que el esposo tenía un carácter temerario y que de seguro le negaría la custodia de las hijas. Nada de eso ocurrió, el abandonado firmó el divorcio y aceptó que fuera de mutuo acuerdo, también le concedió a Leonarda que se llevara a las pelás. Yo aún no salía de la sorpresa cuando sonó la primera alarma. Fue en nuestra primera mañana como marido y mujer, ella se levantó antes que todos, pero solo arregló a las hijas y se echó a la cama de nuevo, de manera que yo quedé con el ojo cuadrado cuando fui a la cocina con la esperanza de que mi cafecito estuviera listo al lado de mi desayuno y mi comida para llevar. ‘¡Coge, Jaime, coge, que eso era lo que tú querías', me dijo mi conciencia, y me arrimé a la estufa a preparar lo mío. No se lo reclamé por temor a que se disgustara, como yo andaba tan ardoroso y caliente con ella, me la aguanté hasta que el tiempo hizo su trabajo, o sea que me acostumbré a que yo era un hombre casado solo para soltar la plata y para decir que tenía cuca segura, sin embargo, me tocaba lavar mi ropa y preparar mi desayuno, sacar la toalla, todo. Un mediodía, que andaba yo ganoso de estar con mi mujer, le pedí que fuéramos a la recámara, pero ella me contestó que cómo se me ocurría, que si no estaba consciente de que sus hijas estaban en el umbral de la adolescencia y que podían maliciar algo. Yo protesté con la débil voz del que está enamorado, y cogí mi esquina encarado. Mi malestar creció conforme avanzó el día, porque Leonarda no intentó siquiera desagraviarme; la tapa del coco llegó cayó cuando yo dije que quería comer patacones con pollo frito, y ella se quedó callada, como si su marido que la mantenía a ella y a sus cuatro hijas no tuviera ni voz ni voto en ese hogar. Esa noche me metí a la cama dispuesto a enfrentarla, así que le dije: ‘Quiero preguntarte algo y quiero que seas sincera conmigo'. Sin apartar la mano del televisor, mi mujer contestó: ‘Dime'. Su respuesta me enfureció y le quité el aparatito, lo lancé al cielorraso de donde rebotó y escoró en el piso. Ella me gritó ‘qué es lo que te pasa, por qué esa violencia, no te das cuenta de que ni mis hijas ni yo estamos acostumbradas a ese estilo de vida'. Perdí mi cordura y le puse las manos en el cuello gritándole ‘dime, estás arrepentida, sí o no, dímelo'. El mundo se me vino abajo cuando escuché el sí que yo no quería oír. Fue un sí rotundo, así que cuando dejé de llorar yo mismo la devolví con su paquete a su antiguo hogar.

Mentirosa: Con mi esposo no conozco el orgasmo.

Sólido: Cuando llegas se nota y cuando te vas se siente.


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