Curiosidades

Eso me pasó a mí

Eso me pasó a mí

viernes 9 de febrero de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Pronto me quedé limpio, y empecé a pedir prestado, yo, que siempre había mirado con ojos toscos a los prestamistas

Yo hice como muchos cuando van a comprarse algo: se antojan de comprarse lo primero que ven, porque les parece lo máximo y que eso llena todas sus aspiraciones, igual actué cuando salí a la calle dizque con ojos de hombre: solo fue ver y conversar con Nairobi y antojarme yo, con 19 años, de llevármela para mi casa. Como el enamorado era yo, fui el llamado a perderlas todas, porque enseguida ella me sometió a su voluntad: tuve que cambiar mi oficina refrigerada por el pico y la pala, ya que acá ganaba más y podía pagar, aunque apurado, todos los gastos que nos caen encima cuando queremos cuca segura.

Pronto me quedé limpio, y empecé a pedir prestado, yo, que siempre había mirado con ojos toscos a los prestamistas, ahora caí en manos de ellos, relación que no he podido cambiar, porque cada día mi mujer pide más y más, aparte de que no inventa nada para sumar un real, ni siquiera se le ocurre poner una venta de duros para echarme una mano con la luz, nada, todo me cae a mí, y con la cercanía de los Carnavales la cosa empeoró.

‘Quiero irme con la vecina para Penonomé, dame plata suficiente porque hay que aportar para la comida y la gasolina, y comprarme los shorts', me dijo una mañana cuando yo la acaricié para que me diera un saladito.

‘Déjate de eso, yo estoy libre, pero lo único que quiero es descansar, arreglar unas cosas aquí en la casa', le contesté, pero ella se negó rotundamente a dármelo y propuso que si le prometía la plata para el viaje me lo daba, si no, no.

Por culpa de la cartera pelada empezó la guerra en mi hogar, Nairobi andaba encarada el poquito rato que la veía, como me iba al amanecer y retornaba de noche gracias a los tranques; aparte de esa caradura, dejó de hacerme desayuno y almuerzo, lo que empeoró mis finanzas ya maltrechas. En un instante de desesperación, abordé al prestamista, pero este me mostró mi estado de cuenta, en rojo por los intereses caídos, fui a pedirle un préstamo al jefe, pero también dijo que no, porque ya debía dos.

‘El vecino está necesitando un albañil, podrías ir cuando regresas del trabajo, poco a poco y le pides un adelanto', me dijo mi mujer esa tarde, totalmente inmisericorde a mis comentarios acerca de algunos dolores que a menudo sentía y que eran un claro indicativo de problemas de salud. Decirle que no desató una discusión que fue escuchada por los vecinos, uno de ellos se me acercó más tarde para decirme que había un conocido que necesitaba con urgencia sangre de mi tipo, que era el menos común.

Llamé yo al interesado, pero jamás con la intención de venderla, porque era una acción muy contraria a mis principios, y me presenté al laboratorio sin decirle nada a mi mujer ni a mi vecino, cuya esposa le comentó a Nairobi sobre ese asunto y de lo que pagaba el necesitado por esa pinta de sangre. Apenas lo supo, mi mujer me escribió diciéndome que ‘no le tocara ni medio centavo de la plata cobrada por mi sangre y que le vendiera dos y hasta tres o cuatro'.

Preferí no contestarle, porque yo no le había cobrado nada al familiar del enfermo. Pasé el resto del día tranquilo, porque, gracias al cielo, el capataz me vio leyendo el chat y me quitó el celular: ‘Te lo devuelvo a la salida', me dijo y eso me alivió, pero cuando llegué al hogar, Nairobi me recibió con la mano abierta y ojos furiosos: ‘Pon aquí la plata de la sangre y por qué ch… me apagaste el teléfono, y que te salve el diablo si me has tocado un solo centavo de mi plata', gritó.

Los cinco años de humillaciones y de exigencias se me revolvieron y no pude evitarlo: ‘Qué plata del carajo, yo no vendo mi sangre y menos para ir a carnavalear', le dije y le metí un solo bofetón que fue suficiente para que la llevaran al hospital y a mí me guardaran por varios meses.

‘Déjate de eso, yo estoy libre, pero lo único que quiero es descansar, arreglar unas cosas aquí en la casa', le contesté,
 

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