Curiosidades

En Nochevieja

sábado 31 de diciembre de 2016 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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‘El diablo es diablo, pero no perdona las infidelidades que terminan en desgracia', dijeron varios y se fueron retirando cabizbajos

Cada 31 de diciembre, Camilo se emborrachaba y desafiaba al diablo: ‘Si es verdad que existes, sal ahora mismo para que nos enredemos', gritaba envalentonado por el guaro.

El diablo, siempre diablo, se quedaba indiferente ante la provocación. Había anochecido y estaba tan ebrio que erró el camino real y quedó en la huerta de Remigio, el único setentón de los alrededores que tenía mujer adolescente a la que le costaba complacer. ‘Tienes que concentrarte', le decía la pelá al pobre viejo que trabajaba en la parte sur en busca del orgasmo de su mujer. Estaba a punto de lograrlo cuando Camilo tropezó con algo y el ruido lo desconcentró totalmente, quedándose ella a un tris del desahogo. Se levantó furioso y salió a ver qué o quién había ocasionado esa bulla; no vio nada, pero jupeó los perros, asustando a Camilo que empezó a correr con rumbo desconocido. Cuando el cansancio lo detuvo, muchas horas después, se sentó y gritó: ‘Hey, diablo muerto de hambre, sal que yo no te tengo miedo'; enseguida oyó un quejido que salía de las profundidades. Huyó despavorido hasta donde Pacho, a quien le dijo: ‘Sí existe el diablo, pero está bien jodido, algo le duele porque se queja que da miedo'. Un día antes de que Camilo oyera el quejido del diablo, estaba su primo Adalberto haciéndole la segunda al viejo Remigio, todo era goce hasta que los perros anunciaron que el don no tardaba en llegar. ‘Yo sí sé cómo sacártela, no una, sino varias y antes de que se acabe el año', le decía Adalberto a la mujer ajena, pero tuvo que dejar su faena a medio palo, tirarse de donde estaba y correr. No vio el hueco, pero sintió que sus piernas caían en algo maloliente. Supo que había caído en una letrina. ‘Ahora sí me llevó puta, mi mujer se va a dar cuenta y el hp de Remigio también', pensó mientras luchaba por mantenerse a flote entre el olor a amoniaco y a caca.

Mientras, allá en su casa, Melania, su mujer, lloraba a cántaros y decía: ‘Adalberto solo fue al pueblo a comprar los cohetes del Año Nuevo, pero no regresa ni nadie lo ha visto'. Enseguida se puso de manifiesto la solidaridad del campesino, muchos, que no habían dormido celebrando el Año Nuevo, formaron el bloque de búsqueda. La noticia de la desaparición de Adalberto llegó a la casa de Pacho casi que junto con Camilo y su informe de la existencia del diablo quejumbroso. El cholo se alisó los cinco pelos canos que le quedaban y dijo: ‘Hay que ir a sacar al diablo'. Los otros no entendían, y Camilo fingió un desmayo para no acompañar a los bellacos que se atrevieron a llegar a los predios de Remigio, quien tomaba el primer desayuno del año con su insaciable mujer. Pacho le habló directo: ‘Adalberto está perdido desde ayer y Camilo dice que oyó un quejido detrás de su antigua casa, vamos a revisar el sitio donde estaba la letrina'. Exploraron el hueco ante la mirada angustiada del viejo Remigio. ‘Ahí hay alguien, traigan una soga gruesa', dijo uno y el mismo don trajo el pedido. ‘Agárrate de la soga', le decían a Adalberto, pero este ya estaba muy débil y no atendía las indicaciones.

‘Yo mismo bajaré a buscarlo', gritó Remigio y nadie pudo evitarlo. Reventaron varias sogas para subirlos, pero lo lograron y ambos se recuperaron pronto. ¿Cómo caíste ahí?, le preguntó Melania a Adalberto, quien sufrió más que en el hueco buscando una respuesta diferente a la real. A quienes alababan a Remigio por exponer su vida para salvar a Adalberto, Pacho les decía: ‘Ese anciano decrépito y desgraciado se la debía a Adalberto, por culpa de él se suicidó su papá un Año Nuevo, cuando regresó feliz de la capital a traerle plata y comida a su familia y halló a Remigio encima de su mujer'.

‘El diablo es diablo, pero no perdona las infidelidades que terminan en desgracia', dijeron varios y se fueron retirando cabizbajos.

Interesada: ‘Desafío: Sal y dame la mano, yo no te tengo miedo. Venganza: Tú me la debes, viejo infeliz.
 

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