Curiosidades

El tragaldabas

El tragaldabas

martes 24 de septiembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Alan se comía las meriendas de los compañeros. 

Alan le metía diente parejo a todo lo que encontrase deleitoso. Dulce o ácido, cítrico o salado, del sabor que fuera; lo mismo comida o postre o refrigerio. Porque Alan comía de todo, es verdad. Pero comía a toda hora. Lo propio y lo ajeno. Era un insaciable glotón.

Si su madre lo llamaba, era el primero en asomarse a la mesa. Y si no lo llamaban también, porque su olfato, fino para captar los olores de los alimentos, parecía avisarle siempre antes que el de los demás. Su frase favorita era: ¿a qué hora comemos? Si veía TV o se pegaba al celular tenía que ser con un emparedado en la mano.

Alan vivía para comer, no comía para vivir. Si estudiaba comía mientras duraba el estudio porque ‘así aprendía mejor la lección', si escuchaba música o leía una revista para entretenerse comía porque ‘así se relajaba y disfrutaba más'. Hiciera lo que hiciera Alan comía, y cualquier cosa era una excusa para llenarse el buche. Lo repito: era un glotón. Así que es imposible contabilizar las veces que Alan comía en el día. Así mismo estaba de gordo. Pero sus padres decían que era bueno que comiera, no fuera a llegar el comunismo o alguna otra dictadura de esas que matan de hambre a su pueblo. Y el pobrecito de Alan tuviera que pasar trabajo. Por eso era mejor que comiera ahora que podía y que tenía todos los dientes en su boca.

Uno hubiera podido decir que el problema de Alan era el de un gordo más. Simplemente comía mucho, demasiado, y el gordo era él, lo cual no tendría que preocupar a los demás. Si acaso se afectaba el bolsillo de su madre. Pero el problema de Alan comenzó a convertirse en un problema social.

En la escuela, Alan se comía las meriendas de los compañeros. No lo hacía por robar, lo hacía por glotón. En casa, muchas veces vaciaba la paila, sin fijarse si faltaba alguno por comer. En las fiestas, se comía comidas ajenas. Era una amenaza en los cumpleaños: acababa con los dulces de los convidados.

Casi siempre los vicios empiezan desde abajo. Con una educación incompleta: con unos padres que no quisieron o no supieron darle la orientación debida a sus hijos. O no estuvieron. Y la corrección no llegó a tiempo. Alan era regañado. Pero hasta ahí. No se le advertía de lo feo, de lo insociable y de lo antiético de su conducta. Y menos se le disciplinaba con algún castigo, que los castigos no están de moda.

Así que un buen día los amigos idearon un plan. Invitaron al gordito de marras a una fiesta donde, habría, le dijeron, los ricos bizcochos que a él le gustaba paladear. El muchacho ni se lo pensó dos veces. Llegó el primero, y los dulces ya estaban servidos en una mesa aparte de la cocina. ‘No son muchos. Apenas para satisfacer a una persona' pensó Alan (en realidad eran muchos más). ‘Pero ya servirán los otros. Mientras tanto, yo adelanto mi parte'. Y se comió lo que vio.

Más tarde fueron llegando los invitados y otra mesa fue dispuesta para los bocadillos y dulces que todos quisieran degustar. Todos menos el pobre glotón, que, sentado en el sanitario desde antes que comenzara la fiesta, y herido por infernales dolores de tripa no acertaba a descifrar si era que algún alimento le había sentado mal por azar, o había sido víctima de una mesa-bomba estratégicamente ubicada. Lo cierto es que no pudo disfrutar nada en toda la noche, pegado al excusado, pues era levantarse y sentarse una y otra vez. Y cuando pudo salir del baño definitivamente, cuando la fiesta ya había pasado, marchó a casa recordando los consejos de la abuela de ‘no andar siempre de glotón'.

Alan vivía para comer, no comía para vivir. Si estudiaba comía mientras duraba el estudio porque ‘así aprendía mejor la lección'
 

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