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El mecenas

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jueves 10 de octubre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Tenía que comprar algunos medicamentos. No tenía seguro.

Doña Isabel, sentada en la orilla de su cama, meditaba sobre su dura condición económica. Tenía que comprar algunos medicamentos. No tenía seguro, y tampoco dinero, ¿cómo le haría? No podía descuidar su enfermedad. Tocaron a su puerta y el toc-toc-toc la sacó de sus cavilaciones. Un cartero la saludó y le entregó un sobre. Allí había un cheque y una nota que decía: para su enfermedad.

Juanita era una chica que quería estudiar medicina. Pero la carrera era algo costosa aún en una universidad pública, y como los estudios demandan las 24 horas de su tiempo, no se puede trabajar mientras se estudia, de modo que no tenía forma de costearlos. Sus padres eran pobres y estaban tristísimos.

Ismael quería poner un negocio. Una librería. Siempre le gustaron los libros y siempre había trabajado en el asunto de vender y comprar libros. A veces daba rienda suelta a su amargura y se quejaba con sus amigos mientras bebían una cerveza en una de las tantas cantinas del barrio (es una ironía que, en los barrios pobres, donde se supone hay menos plata, sea donde más cantinas haya). ‘Cómo es posible', era el lamento de Ismael, ‘que yo, que siempre he trabajado muy duro, no tenga un peso para poner mi librería, y allí está ese haragán de don Fabricio, al que no se le conoce oficio útil, y que siempre anda pidiendo para la comida, para el café o para el transporte y tengamos que ayudarlo a mantenerse. Él vive a mi costa mientras yo muero de tristeza'. ‘¿Vive a tu costa?, le reprocharon los amigos. ‘¿A tu costa porque le has dado unos centavos alguna vez? Todos le hemos ayudado'. ‘Bueno, entonces vive a costa de todos nosotros', insistió Ismael. ‘No es así', terció Juan Diego, ‘aunque le hubiéramos dado dólares y no centavos, con lo cara que esta la vida todo eso son migajas'. ‘Pues, yo', dijo el piadoso de Luis, ‘ojalá tuviese el suficiente espacio en mi casa para darle acogida, si fuera necesario. Habitación y comida'. ‘¿Y por qué?', le preguntaron. ‘Pues porque Cristo a veces nos visita en los pobres y no lo sabemos'. Ismael se fue pensando en todo lo que dijo y lo que había escuchado.

Aquel lunes de abril la casa de don Fabricio amaneció llena. Habían sido convocados dos o tres días antes por un abogado, que les informó de la lectura del testamento de don Fabricio. Este había muerto una semana antes, y no todos acudieron al sepelio, y sí, tenía testamento.

Bueno, en realidad casi nadie fue al entierro. Al fin y al cabo, para ellos había sido un errante mendigo que los importunaba pidiéndoles ayuda. Así que saber que tenía casa ya era una novedad para muchos, saber que tenía bienes ya era una novedad para todos, y que había testado herencia ya era la leche derramada.

El abogado decía cosas que los dejaban estupefactos. Que don Fabricio había decidido que doña Isabel recibiría una contribución permanente para sus medicinas. Y que Juanita no debía preocuparse por sus anhelados estudios de medicina, pues de ahora en adelante sería becada con los recursos que dejaba asignados a ese fin don Fabricio. ¿Ismael? Tendría en herencia el dinero necesario para abrir su librería. Todos los que acudieron a la lectura recibieron alguna ayuda que les cubría una necesidad o satisfacía algún deseo. Ismael se fue reflexionando. ‘Siempre le juzgué, y le juzgué mal. No supe ver por dentro el gran corazón que tenía'.

Hoy Juanita estudia contenta. Y por su parte Ismael abrió la librería ‘don Fabricio', como quiso llamarle, donde recibe a sus clientes con gozo, y de cuando en cuando regala algunos libros, acordándose siempre de los pobres, en honor de su mentor póstumo.

Ismael quería poner un negocio. Una librería. Siempre le gustaron los libros y siempre había trabajado en el asunto de vender y comprar libros.
 

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