Curiosidades

‘El más macho'

‘El más macho'

lunes 7 de octubre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Femo se subía a los buses y era de esos que no paran de hablar pendejadas durante todo el trayecto y en voz alta

Eufemio era tomador empedernido. Y le gustaba decir, cuando estaba en fuego, que él era ‘el más macho' y que todos los hombres toman (según él), por eso tenía que tomarse la cantina si fuera posible. Repetir lo de ‘más macho' tenía un propósito. Lograr que se volviese un remoquete, un apodo. Y lo logró. Porque ya cuando lo veían entrar en el bar, los más cercanos al cantinero le decían: ‘ahí viene el más macho'. Eufemio los oía lleno de satisfacción.

Femo se subía a los buses y era de esos que no paran de hablar pendejadas durante todo el trayecto y en voz alta, como si estuvieran conversando con todos los pasajeros. Allí en el bus se jactaba hablando de los hombres con los que había peleado, y a los que, por supuesto, había vencido, porque claro, ‘yo soy el más macho'. Llegaba a casa destilando guaro por todos los poros, y allí pedía comida a la hora que llegase, sino zarandeaba a su mujer por los moños, la paraba de la cama y la ponía a cocinar porque ‘el más macho' había hablado y tenía hambre.

Si en alguna ocasión la mujer se excusaba diciendo que no había cocinado porque no había comida, y si faltaban los tres golpes del día era porque él se había ‘olvidado' de darle la quincena. Entonces Eufemio sufría un ataque de rabia. ‘insinúas que yo no cumplo con mis obligaciones' Y antes de que Zulma pudiera contestar le caía una lluvia de bofetadas para que ‘respetara' al más macho. ‘¡Anda a la cocina, perra!' Y Zulma tenía que ver qué inventaba así fuera un arroz a caballo para calmar al indignado Eufemio.

En el trabajo era un hombre normal, bastante común. Pero después de las cinco, cuando se dirigía a la casa, digo, a la cantina, comenzaba su transformación. Entonces aparecía ‘el más macho'. Desde la primera paliza, Zulma procuró tener todos los días algo listo para comer, aunque fuera para Eufemio solamente, no fuera a ser que este le repitiera la dosis. Qué va. Femo siempre encontraba algún motivo para recordarle que era ‘el más macho' (excepto motivos sexuales, porque en la cama siempre se quedaba dormido por la borrachera apenas caía en ella).

De modo que, entendiendo que las cosas solo podían ir a peor y que la convivencia con Eufemio era dura y dolorosa, Zulma se decidió a aprender a escondidas artes marciales. En la Academia le explicaron que estas artes son solo para defenderse y para fortalecer la disciplina y desarrollar una personalidad equilibrada, segura de sí misma y noble. ‘Defenderme es lo que yo quiero', dijo. ‘La disciplina la va a aprender él, seguro', pensó. ‘¿Defenderse de qué?', le preguntaron. ‘Oh, de los maleantes. Vivo en un barrio difícil', dijo.

Y así pasaron las semanas. De vez en cuando recibía su sesión de mongo, pero no hacía nada porque todavía no estaba lista para la revancha.

Por fin llegó el gran día. Eufemio volvió hecho un alambique móvil y sentía que era otro gran momento para proclamar su soberanía sobre su mujer, pues no solo era un macho, era ‘el más macho'. A la primera mano que puso sobre Zulma fue a dar al piso. Los vecinos, que antes no se metían al oír los gritos de la mujer, corrieron extrañados al oír que gritaba el hombre. Encontraron a Zulma encima de él, aplicándole una dolorosa llave, después de haberlo llenado de tortazos y coscorrones. Pero no intervinieron. Sacaron su celular y subieron a las redes: ‘el más macho recibe su merecido'.

Eufemio era tomador empedernido. Y le gustaba decir, cuando estaba en fuego, que él era ‘el más macho' y que todos los hombres toman
 

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