Curiosidades

El haragán

El haragán

sábado 7 de septiembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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No es simplemente que no le gustara hacer nada. 

Juan-Juan era un haragán. No es simplemente que no le gustara hacer nada. Es que tenía sobrada virtud para postergar, delegar, evitar, soslayar, anular, toda forma de responsabilidad.

Juan-Juan tenía principios claros. Principios de cómo ser un mejor vago cada día. Se pulía el hombre. Él se aplicaba a sí mismo el Código de los Nacidos Cansados, especialmente ese mandamiento que dice: ‘Si te entran ganas de trabajar, siéntate y espera a que se te pasen'.

Cuando muchacho, puso en práctica la historia que alguien le había leído (él, incapaz de leer nada, porque eso cansa) de Mark Twain, en ‘Las aventuras de Tom Sawyer'. Le mandaron a pintar la tapia de la casa. Y él, viendo que un amigo lo observaba, fingió que aquello era una gran y deleitable labor. Cuando el amigo le preguntó qué hacía, él le dijo que gozaba y meditaba ante la importancia y grandeza de aquella obra encomendada por su tía. El amigo le suplicó entonces que le dejara pintar. Él se hizo de rogar y finalmente accedió a que el amigo pintara una sección de la tapia, pero solo una, como si le costara desprenderse de tan inspiradora tarea o poner en manos de otros tan riesgosa operación. Eso sí, lo dejaría hacer a cambio de unas monedas. Después llegaron otros amigos, que terminaron haciendo fila para pintar cada uno una sección de la tapia, mientras que Tom, en la historia, y en este caso Juan-Juan, cobraban y contaban las monedas que les habían pagado.

Así era Juan-Juan. Había crecido ya, pero no madurado. Todo indicaba que ‘genio y figura hasta la sepultura' sería su epitafio. Pero es ley de vida que todos debamos trabajar. Y él no podía ser la excepción, especialmente porque su familia no era de plata. Así que cuando llegó el momento le consiguieron un trabajo, no por aquello de las conexiones, sino porque él estaba muy cansado para buscarse uno él mismo. Y he aquí a Juan-Juan en la oficina. Como el suyo era de esos empleos no diferenciados, en que varios trabajadores hacen el mismo tipo de trabajo, nadie estaba muy seguro de qué hacía Juan-Juan, o cuáles de todas las cosas hechas podían considerarse obras de sus manos. Esto se hizo sospechoso para algunos jefes y evidente para los que llevaban el peso de la jornada, así que los hicieron dejar constancia escrita de sus respectivas tareas. En esa base pusieron fuera a Juan-Juan.

El hombre pasó de trabajo en trabajo. Algunos pierden su empleo por enfermedad suya o de un familiar, o tienen que dejarlo a causa de un viaje urgente o por razones de estudio, para atender a los hijos, por un jefe k-brón, o por un compañero envidioso y calumniador. Hay mil razones muy atendibles. Pero Juan-Juan lo perdía siempre por improductividad.

Los conocidos comenzaron a tomarle el pelo a Juan-Juan. ¿Por qué no te metes a político? Al fin y al cabo, tú haces lo mismo que ellos. Nada. Ja, ja'. Juan-Juan busca trabajo en el oficialismo, donde siempre ha habido espacio para los vagos junto con los que trabajan'.

Por fin llegó el día en que Juan-Juan se cansó de tanta burla y desprecio. De ser puesto como el prototipo del haragán del barrio, o de la oficina, o dicho en nuestro lenguaje cotidiano, un ‘bueno para nada'. Empezó a ser recadero de la gente, a cortar el césped, a pintar casas. Hasta que al fin obtuvo recomendaciones y consiguió un empleo formal. Hoy Juan-Juan es de nuevo un burócrata, pero no se esconde del trabajo y es muy apreciado por los compañeros. De su vida de vago queda solo un lejano recuerdo, y él mismo dice que no dejaría por nada de ser el hombre renovado que ahora es.

Así era Juan-Juan. Había crecido ya, pero no madurado. Todo indicaba que ‘genio y figura hasta la sepultura' sería su epitafio. Pero es ley de vida que todos debamos trabajar.
 

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