Curiosidades

El don de la salsa

El don de la salsa

sábado 16 de enero de 2021 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Por aquella manera de divertirse a Chendo le llamaban el Salsoso. Se iba de farra los sábados en la tarde

Chendo era uno de esos jubilosos que no paraba los fines de semana en la casa. Desde el viernes calentaba motores, esto antes de la aparición del bicho maldito, con un par de frías y la música de toldo que tanto le gusta. Por el pebre nunca se preocupaba porque la vecina, la del cuarto de alquiler número 8, le compartía un plato de lo que ella tenía...desde hace años trenzó una relación de amistad, no sean mal pensados, una amistad a prueba de fuego. Ella le lavaba la ropa y le limpiaba a cambio de unos pocos centavos.

Por aquella manera de divertirse a Chendo le llamaban el Salsoso. Se iba de farra los sábados en la tarde, porque es de los que todavía disfruta de las tardes de cantaderas, eso antes de la pandemia, y más cuando hay cantadoras tan bonitas que las llaman las muñecas que cantan y bailan en la tarima. Los versos eran solo el opening de las noches bailables, donde el don se destacaba pese a la edad, siempre conseguía una pareja desde la primera pieza.

El don tenía buen pegue con las chichis de los pindines. Y eso es lo que precisamente el virus chino ha venido a fregar. Además del encierro obligado, desde enero del año pasado está pasando frío, eso le comenta a la vecina cuando va por la ropa sucia. Está tan desganado que ni siquiera se pinta el pelo de negro, como antes, que lo hacía pulcramente. Aunque los sábados pone la grabadora y se pone a bailar y a cantar se nota que su vida no es como antes. El espíritu fiestero del señor se ha ido marchitando como una flor de papo.

Al verlo en ese estado fue que la vecina se tomó la licencia de organizar un cumpleaños en su cuarto. A la celebración invitó a cuatro vecinos de la misma edad, de sesenta hacia arriba, y cuatro vecinas más jóvenes que también están pasando trabajo porque los bares donde trabajaban están con candado. La reunión empezó fina, con picadas y con las frías sacadas del mismo congelador. La música le puso su toque festivo al asunto.

Pasó una hora, dos, tres, y nadie se iba. La velada iba viento en popa. El don hizo clic con una de las peluqueras que a pesar de no ser istmeña, baila mejor que cualquiera el típico.

Así marchaban las cosas hasta que un hombre fornido se presentó al cuarto de la vecina. Lo hizo de una manera tan hosca que todos quedaron quietos, como si empezaran a jugar el famoso ‘congelao'.

El recién llegado fue directo donde estaba el don al lado de la morenaza y le soltó un gancho al hígado que lo dobló en dos. Y empezaron los gritos y la voladera de pailas, botellas, sillas y demás enseres domésticos.

A lo lejos sonaba una patrulla y una ambulancia. Lo que se comentaba al día siguiente era que unos todavía seguían a la sombra esperando que la jueza de paz se apareciera a resolver esos tremendos casos y que el don lo habían llevado a 3 hospitales y todos los rebotaban porque están hasta el tape de picados del bicho chino.

A Chendo, por caridad, lo dejaron hospitalizado por los lados de San Miguelito y de cuando en cuando llaman a la vecina, que no puede pegar los ojos del remordimiento por organizar aquel zafarrancho, para informarle de su evolución.

Por aquella manera de divertirse a Chendo le llamaban el Salsoso. Se iba de farra los sábados en la tarde, porque es de los que todavía disfruta de las tardes de cantaderas, eso antes de la pandemia, y más cuando hay cantadoras tan bonitas que las llaman las muñecas
 

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