Curiosidades

El desmenuzador

El desmenuzador

martes 9 de enero de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Fue la presentación de Alfredo ante la familia de ella lo que hizo sonar la primera alarma de que la relación estaba condenada al fracaso

Algunos, cuando se enamoran, gastan las horas juntos en sexo y sexo, dejan de lado otros detalles que deben conocer uno del otro para no llevarse sorpresas desagradables cuando decidan vivir bajo un mismo techo. Alfredo y Maité pasaron dos meses tirándole al cuerpo en un ‘dalequetevienendando' casi diario y que culminó cuando ella empezó a sentirse rara y sospecharon que estaría goleada durante nueve meses. Decidieron casarse lo más rápido posible, porque los dominaba el pensamiento de que ahora lo podrían hacer al acostarse, a medianoche y al despertar.

Fue la presentación de Alfredo ante la familia de ella lo que hizo sonar la primera alarma de que la relación estaba condenada al fracaso; la madre de Maité exigió conocerlo antes de ir al Juzgado, y lo mismo opinó el padre, que no estuvo muy de acuerdo con ese matrimonio apurado, pero como el pobre nunca había llevado los pantalones en la relación, se quedó calladito cuando su mujer lo mandó a callarse y a no meterse en las decisiones de la única hija. ‘Voy a cocinar un pollito al horno para conocer al futuro yerno, espero que venga con sus padres, porque quiero saber con qué clase de gente se está emparentando nuestra hija', anunció la mujer y al marido sometido le dio miedo emitir su opinión, era él un convencido de que todos los matrimonios de apuro se acaban a medio camino. ‘Antes de los 35 ya estarán divorciándose', dijo en voz bajita, pero su mujer le mandó un soplamocos que él desquitó y allí murió su opinión.

‘Pase, pase, hijo', le decía la mamá de Mayté a Alfredo, quien la impresionó con su pinta de rabiblanco, igual los padres que llegaron formales a acompañar al hijo a pedir la mano de la bella. Cuando llegó la hora del almuerzo empezó a caérseles la máscara a los supuestos rabiblancos. El viejo empezó a comer apenas sirvieron, sin esperar la bendición, costumbre diaria en ese hogar. Eso le alteró la bilis, pero casi vomita cuando vio que su futuro yerno masticaba los huesos hasta desmenuzarlos y convertirlos en puré, y luego, cuando les sacaba el jugo, los colocaba en un montoncito en una esquina del plato.

La desagradable acción fue sorpresiva también para Maité, quien no recordaba en el bimestre de noviazgo haber visto a Alfredo comer, por lo que también tenía una expresión de asco que no pasó desapercibida para su futura suegra, que, repentinamente, dijo ‘permiso, por favor', y se levantó de la mesa, lo que motivó que su marido, que ya llevaba rato con el plato vacío, la imitara, y desde ese momento cambió el panorama. El padre de Maité, más avergonzado que todos, se levantó a reunirse con los consuegros que en la sala no acertaban a decir nada. Cuando se quedaron solos los tres: Alfredo, Maité y su madre, empezó el tejemeneje; con una cara que aún reflejaba el asco descomunal que le produjo la acción de su novio, le reclamó airada: ‘¿¿¿Por qué comes así, por Dios?, nunca había visto semejante porquería, eso es un asco, ese plato ¡¡¡¡¡hay que botarlo!!!!!'.

Las palabras de su novia-mujer le parecieron totalmente fuera de orden, y se le enfrentó más iracundo que ella: ‘Entérate de que yo, este que es el papá del hijo que vas a tener, come así, chupa y muele huesos de pollo y del animal que le pongan en el plato, eso es bueno para la salud, y que te quede bien claro que no voy a cambiar esa buena costumbre', y a la par que habló sonó la mesa con el puño, dejando a las dos damas asustadas y preocupadas sobre si parar el matrimonio o acostumbrarse a lo que para ellas era una asquerosidad sin límites que les resultaba, además, insoportable.

Salieron en estampida los malogrados consuegros y el yerno, dejando a Mayté envuelta en llanto que consoló su frágil padre diciéndole: ‘Tranquila, que si él la quiere de corazón regresará para decirle que no chupará más los huesos, y si no vuelve, aquí está su papá para ayudarla a criar al muchachito hijo de ese muelehuesos'.

Ojo: La prisa nunca es buena consejera.
 

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