Curiosidades

El amo de los candados

El amo de los candados

miércoles 4 de septiembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Le entretenía más cazar pájaros con una honda,

Le decían ‘el amo de los candados', y no era precisamente guardia de seguridad, ni celador en una prisión, ni mayordomo de una propiedad. Secundino era hijo de Caco, ladrón para decirlo más claro. Era el hijo mayor de doña Fulvia, en quien ella había puesto muchas esperanzas, pero no quería estudiar. Le entretenía más cazar pájaros con una honda, robar la fruta de los vecinos, pintarrajear con ‘graffito' las paredes públicas y no públicas. Aunque llamar ‘graffiti' (como ordena el plural italiano) a sus garabatos en una muralla era elevarlo a cierta categoría de arte popular que él no dignificaba. (No faltará alguno que al leer esto piense: ‘pero si este es el currículum de mi hijo'. Pero no. No hablo de su hijo, sino de Secundino. Aunque si su vástago lo está emulando preste atención, para que no repita esta historia).

Secundino lideraba una banda de mozalbetes de 15 años para arriba, buenos para nada, duchos en perder el tiempo y en pensar qué beneficios podrían sacar de perjudicar a los demás. Todos ellos admiraban al ‘amo de los candados', el que podía, favorecido por la soledad y oscuridad de calles, callejones y zaguanes, robarse varios candados en una misma noche. Su madre había descubierto sus malos pasos, pero nada había hecho para que cambiara de conducta. Una vez Dino había intentado robar un auto. Y un juez piadoso exhortó a la madre a corregir a su hijo con severidad y prontitud diciéndole: ‘Ahora es un menor, la ley lo acurruca. Pero pronto será un hombre y pasto de la prisión'.

Secundino siguió en lo suyo. Parecía que el pelao se había enfrascado en una lucha por batir sus propios récords. Robaba más candados y se llevaba lo que encontraba en los predios ajenos. La gente le tenía miedo y él se reía. Creía el pobre diablo que era una celebridad.

Un día, cuando ya había traspuesto la mayoría de edad, y era el guapetón del barrio, apareció por las calles del lugar un muchacho nuevo al que apodaban Ric. Se acercó con paso seguro a Secundino, al verlo parado junto a un poste de luz.

‘Eh, Dino. Yo puedo robar más candados que tú. Y creo que soy mejor que tú en todo', le habló con tono desafiante.

‘¿Ah sí? Veo que no me conoces lo suficiente'.

‘Veré si te conozco. Aquí cerca está la escuela, a la que nunca has entrado, para robar, digo, aunque puede que tampoco para estudiar', se burló el otro. ‘Y te reto para esta misma noche. Yo he entrado a la escuela varias veces. Y sé que tiene 14 candados que aseguran sus diversos accesos. Tú puedes empezar de un lado y yo del otro. El que logre hacerse con más de la mitad de los candados vencerá. Pero ambos tendremos que tener cuidado en evitar al celador'.

‘Está bien. ¿Quedamos para medianoche?'

‘Quedamos. Eso sí, sin tu banda. No quiero que te ayuden entrando en la escuela. Si veo a alguno de ellos sabré que hay trampa'.

‘No te preocupes, yo me basto solo. Yo les di fama a ellos. No ellos a mí.'

Ric siguió poniendo las reglas: ‘Después de lograr el octavo candado, el vencedor y su rival deben encontrarse junto al mango cerca de los matorrales, en la esquina de la calle de la escuela. El perdedor sabrá su derrota de antemano, pero si tiene honor acudirá a la cita para reconocer la victoria de su rival'.

‘Será una victoria fácil', dijo Secundino. Y pensó que sería como colgarse una medalla. Cuando llegó hasta el mango, con sus ocho candados, de entre los matorrales salieron policías. ‘Debí pensar que el vil perro era un encubierto', se lamentó Dino.

Hoy, tras las rejas, Dino llora a grito pelado, mientras otros presos se burlan de él. ‘Ya lograste tu galardón. Ven y ábrenos los candados de nuestras celdas, ja, ja'. Y Secundino gime y piensa: ‘¿por qué mi madre no me corrigió a tiempo?

Secundino siguió en lo suyo. Parecía que el pelao se había enfrascado en una lucha por batir sus propios récords. Robaba más candados y se llevaba lo que encontraba en los predios ajenos
 

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