Curiosidades

Déspota

Déspota

jueves 5 de septiembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Pancracio llegó a casa muy cansado toda esa semana.

Pancracio llegó a casa muy cansado toda esa semana, porque el jefe le había puesto horas extras. Cualquiera puede trabajar horas extras, pero este jefe a menudo buscaba excusas para no reconocerlas y se excedía. El martes de la semana anterior, el jefe, don Fulgencio, estaba de mal humor porque había perdido unas llaves. El miércoles, porque no le habían surtido unos proveedores. El jueves le gritó a unos empleados en la oficina porque no habían comprendido bien unas órdenes. El viernes ordenó que nadie se moviera porque iba a enviar un camión con unos materiales. El sábado todo el mundo trabajó hasta muy tarde.

El jefe no era el dueño. Era solamente el administrador. Pero uno de carácter déspota. Nadie obtenía un permiso, ni las vacaciones, cuando las solicitaban, y en todo aplicaba la ley del embudo: lo ancho para él, lo angosto para los demás. No tenía sensibilidad social, ni sabía ponerse en los problemas ajenos. Por supuesto, sería un chiste pretender un aumento. A veces pensaron pasarlo por el rodillo del Código del Trabajo, pero la gente sabe que estos líos jurídicos no benefician a nadie, y aunque terminen cobrando, también acaban perdiendo el empleo.

A don Fulgencio parece que nadie era capaz de ponerlo en cintura. Su palabra valía lo mismo que los centavos en el comercio. Nada. Prometía y no cumplía o no se acordaba de que hubiera prometido algo. ‘Memoria de borracho', le decían.

Embustero, malhablado, injusto, pero sobre todo grosero, patán y déspota con sus subalternos. En el barrio de Pancracio le conocían bien porque eran como ocho o diez compañeros los que trabajaban en esa empresa. , y cuando no pagaba a tiempo, todos pasaban hambre parejo.

El mes anterior, Fulgencio había despedido a varias personas por motivos no tan serios, pero todos basados fundamentalmente en su mal carácter. Pancracio había pensado en cambiar de trabajo, ya que el suyo era tan inestable, pero la situación no está nada fácil afuera. No sobran los empleos, y los fulgencios abundan, por desgracia.

El problema de los tipos como don Fulgencio es que piensan que su suerte es eterna, que no se deben a nadie, que jamás van a necesitar de nadie, y que todo el mundo les debe pleitesía.

Pero en esta vida todo mal es pasajero. No solo eso, sino que ‘a todo puerco gordo le llega su San Martín' como reza la filosofía del barrio, o dicho de otra forma, en algún momento le cae el Gran Nivelador. Y a Don Fulgencio le cayó el suyo.

En un momento que nadie esperaba, se produjo una crisis y una discusión en junta directiva. Don Fulgencio fue puesto de patitas en la calle. Aquello lo sorprendió justo cuando pensaba despedir a tres empleados ‘dizque por la crisis'. Pero aquel día, de mal disimulada alegría para el personal, el que salió en crisis fue don Fulgencio. Y entonces sí empezó a pasar las de Caín. Primero, le costó conseguir otro empleo. En todas partes le antecedía su mala reputación como hombre desconsiderado y cruel, y a un administrador así nadie lo quería porque era como adquirir un volcán en erupción. Cuando por fin logró un trabajo de tipo menor, resulta que Fulgencio no fue convertido en jefe principal ni administrador, y entonces supo lo que se sufre desde abajo. Otros jefes acumularon trabajo sobre él: expedientes, formularios… y tuvo que agachar el lomo. No solo eso, porque si se trabaja con un buen jefe se puede trabajar a gusto. Pero a Fulgencio le tocaron jefes duros arbitrarios y déspotas como él había sido. Y ahora reflexiona que todo esto lo tiene bien merecido por su genio vitriólico, por su mal carácter y su arbitrariedad.

El problema de los tipos como don Fulgencio es que piensan que su suerte es eterna, que no se deben a nadie, que jamás van a necesitar de nadie, y que todo el mundo les debe pleitesía.
 

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