Curiosidades

Deme ese sombrero pinta'o

Deme ese sombrero pinta'o

sábado 9 de junio de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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La noticia no preocupó a Epifanio, no porque tuviera otra, él era un santo, pero sí estaba en su mente hacer realidad su sueño de juventud

Así lo escribió el ‘Gabo' en su universal Cien años de soledad: ‘Estaban ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un común remordimiento de conciencia'. Cuando Epifanio supo que se había ganado un boleto para ir a Rusia, pensó inmediatamente en llevar a Corina, su esposa, y le avisó que solicitara el permiso laboral, lo que ella, supuestamente, realizó a millón y antes de una hora ya tenía la respuesta negativa.

‘El viejo infeliz me dijo que no, papi', manifestó Corina, quien no tramitó ningún permiso, porque la ausencia de su marido por quince días la dejaba en libertad absoluta para ‘encerrarse' todas las tardes con Juárez y volar cintura como locos.

La noticia no preocupó a Epifanio, no porque tuviera otra, él era un santo, pero sí estaba en su mente hacer realidad su sueño de juventud, que era ver desnudita a una de esas mujeres de esos países lejanos, tocarla con fuerza y darle su merecumbé para que supiera ella a qué sabe el madero latino, y él probar el sabor de las cucas de nieve. ‘Venderé el otro boleto a un compañero para comprarme las cosas, no tengo ni maleta ni abrigo ni nada', le dijo a Corina, que lo animó al trámite.

Aunque ya no lo amaba, le tenía estima porque era el papá de sus tres hijos, y cuando lo oyó hablar de sus carencias para el viaje, decidió comprarle lo necesario, y así callaría su conciencia por ocho años de bárbara quemazón.

‘Puro remordimiento, pero, ¿qué te parece la idea?', le expresó a Juárez, al que le pareció una manera sensata de aliviar los remordimientos, y se ofreció a colaborar para comprarle el equipo a Epifanio.

Se fueron juntos esa misma tarde y le compraron la maleta, abrigos y hasta ropa interior, de manera que cuando Corina llegó encartuchada a la casa, Epifanio sintió remordimiento también y le pidió que hablara de nuevo con el viejo y le replanteara el permiso, pero Corina lo atajó enseguida: ‘Qué va, estamos en temporada alta y yo soy clave allí, vete tranquilo que yo aprovecharé para meter buco de horas extras'. Las palabras de su esposa aumentaron su remordimiento y para calmarlo se prometió no aceptar a ninguna rusa coquetona que se interesara en él. ‘Nada con ninguna, yo soy casado y fiel', le diré a toda la que quiera tentarme, pensó.

Dos días antes del viaje, llegó Epifanio cabizbajo porque todos los compañeros viajeros llevaban sombrero pinta'o, y él no podía encontrar ninguna operación aritmética que le permitiera comprarse uno, y no quería deslucir el grupo. ‘Alquila uno', sugirió Corina, que andaba a todo vapor y felicidad preparándolo para subirse al avión y llegar al lejano país donde es común la nieve que tanto ansiaba ver. ‘Fui a varios lugares, pero cobran un ojo de la cara y muchos requisitos, tengo que dejar un depósito casi por el valor del sombrero, lo que significa irme limpio', anunció Epifanio, y su mujer se durmió pensando en cómo conseguirle uno, así amaneció, investigando, pero tranquila hasta que este le escribió al mediodía anunciándole que había decidido cancelar el viaje porque el gerente puso mala cara cuando supo que él no llevaba sombrero.

‘NOOOOOO', gritó Corina, aterrada de que se le fuera al carajo su luna de miel con el marido prestado, y enseguida se comunicó con Juárez, quien solucionó al día siguiente, de manera que el día y a la hora señalada, estaba Epifanio en el aeropuerto, adonde fueron Corina y sus hijos a despedirlo. La mujer bajó del ascensor y fue directo donde Epifanio gritándole ‘Deme ese sombrero pinta'o', y mientras forcejeaba para quitarle la prenda típica, le gritó a Corina: YO soy la esposa de Juárez, y sé que andas con él, seguro que tú lo presionaste para que me hurtara el sombrero de mi difunto papá, desgraciada, encima de que te comes a mi marido quieres que te preste el sombrero de mi papá, etc.'.

Al oírla, Epifanio soltó el sombrero y la desconocida se alejó insultando y amenazando a Corina…

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El remordimiento es como la mordedura de un perro en una piedra: una tontería.


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