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Cuestión de convivencia

Cuestión de convivencia

martes 12 de noviembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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‘¡Conversión por la izquierda! ¡Ya!' ‘¡Conversión por la derecha! ¡Ya!' ‘¡Altooo. 

‘¡Conversión por la izquierda! ¡Ya!' ‘¡Conversión por la derecha! ¡Ya!' ‘¡Altooo. Ya!' Las órdenes a los integrantes del batallón se multiplicaban a grandes voces, y ellos las obedecían marchando vistosos por la explanada a los sones de la banda de cornetas y tambores. No eran los desfiles patrios todavía. Era solo una preparación. Los muchachos tenían que practicar. Y para hacerlo usaban esa explanada de cemento (una antigua cancha de baloncesto) que quedaba enfrente de la casa de don Anselmo. Aquello era un fastidio, porque con la proximidad de los desfiles las prácticas se habían multiplicado y don Anselmo realmente no podía conversar porque no se oía, tampoco escuchar música ni ver televisión y mucho menos descansar. Ya se había quejado de ello con los dirigentes de la banda. Pero estos le contestaban siempre que lo sentían mucho, pero que los muchachos tenían que practicar. Don Anselmo llegó a perder la paciencia y el lenguaje amable. ¡Lárguense de aquí!, les gritaba. Del otro lado las respuestas no venían cargadas con urbanidad tampoco: ‘¡Múdese si quiere, viejo mañoso!

Una de aquellas tardes don Anselmo conversaba con unos sobrinos suyos que habían venido a visitarlo. Eran seis. Como uno de los temas de conversación decidió contarles el sufrimiento que estaba pasando a causa de lo que él llamaba ‘malhechores musicales'. Uno de sus sobrinos, más comprensivo con su propia generación le observó: ‘Oh, tío. Esas palabras calzan bien con los que cantan mal. Pero no con unos pobres muchachos que ensayan sus himnos, marchas y canciones patrióticas'. Sin embargo, los sobrinos mayores dieron la razón al tío. ‘Él necesita y merece descansar, y está en su casa. Ese escándalo se lo impide'. Justamente en el momento en que conversaban comenzaron las fanfarrias. Los muchachos de la banda y del batallón habían llegado a la explanada, y los atronadores sonidos empezaron a llenar el aire con sus sones.

‘¡Ven lo que digo?', dijo cabreado don Anselmo. Dentro de un momento, ya no nos escucharemos. En ese momento, una idea cruzó el espacio de su mente. ‘Miren, se me ocurre algo. ¿Me ayudarían a instalar unas mangueras que tengo en el lavadero? Y a accionarlas, claro. Llegarán hasta el portal, atravesando la sala. Serán nuestras armas de guerra. Los sobrinos pusieron manos a la obra.

‘Conversión por la derecha. Ya.' En ese momento las filas del batallón pasaban frente al portal de don Anselmo. Salieron enseguida los sobrinos equipados con mangueras y sendos chorros de agua fueron disparados contra las filas del batallón. ‘¡Nos atacan con alevosía, rompan filas', gritó su dirigente. Ni hacía falta. Casi le pasan por encima corriendo. Aquel día el ensayo terminó de ese modo abrupto, casi sin comenzar. Fue un éxito para don Anselmo, que no paraba de reír con sus sobrinos. ‘Ja, ja, ja. Mojados y chasqueados'. Pero aquella misma noche, mientras dormía… ‘!Atención! ¡Ya!' Pram, pram, pracatán, pram, pracatán, pramprán, pamprán… Arrancaron a tocar frente al portal de don Anselmo. Eso sí, desde la explanada. Era evidente la venganza. El hombre ya se había dormido, y despertado de aquella forma no pudo pegar el ojo en tres horas. Aquello terminó donde tenía que terminar: frente a un juez de paz. Allí fueron citadas las autoridades de aquella banda (eran jóvenes adultos) y don Anselmo presentó sus cargos. El juez alegó los derechos que tenían los jóvenes de practicar, pues usaban un predio municipal en horas del día. Pero también los instó a no abusar, a ensayar durante un tiempo limitado y siempre a la misma hora, a no hacerlo todos los días en el mismo lugar y a dejar el área limpia (lo que ahora se llama ser ‘ecológicamente amigable', y antaño se decía ‘no ser cochino'). Los compromisos se sellaron con un apretón de manos y parece que se cumplieron.

Don Anselmo llegó a perder la paciencia y el lenguaje amable. ¡Lárguense de aquí!, les gritaba. Del otro lado las respuestas no venían cargadas con urbanidad tampoco: ‘¡Múdese si quiere, viejo mañoso!
 

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