Curiosidades

Cuento navideño

Cuento navideño

martes 25 de diciembre de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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¡NO, no cierren la puerta, no cie-rren la puer ta, no…', fue ahora el grito espasmódico y suplicante del enfermo de la cama 4

Layo llevaba diecisiete días insomne; la cuenta regresiva, de la que tenían memoria las enfermeras, empezó el primer día del desvelo del tamaño del mundo que agobiaba al hombre, otrora corpulento, macizo, un roble hecho gente, hoy, un amasijo de huesos y de piel, los ojos hundidos por la enfermedad y la larga e ininterrumpida vigilia que lo castigaba cruelmente en las postrimerías de su vida terrenal, donde, más de treinta años antes, nada más conocer a Tracy trocó en odio e indiferencia el amor por sus tres hijos, a quienes abandonó por completo, porque para él su mundo solo lo constituían Tracy y la nueva hija que con ella había procreado.

‘Qué día es hoy' fue la pregunta que marcó el calvario del hombre que no quería irse del mundo sin volver a ver el rostro de los primeros hijos.

¡NO, no cierren la puerta, no cie-rren la puer ta, no…', fue ahora el grito espasmódico y suplicante del enfermo de la cama 4.

Y se quedó allí, dos días con sus noches, con la vista clavada en la única puerta que cobijaba ese espacio de los enfermos sin esperanza de vida física. La angustia se apoderaba de él cuando alguien cerraba la puerta, lo que ocurría a menudo, porque lo contrario estaba prohibido. Fue al tercer día que volvió a preguntar qué día es hoy, y de ahí no paró, era preguntar lo mismo o pedir que no cerraran la puerta. Fue en una ráfaga de sintonía con la vida que oyó que alguien dijo que estaba cerca la Navidad y se le iluminaron los ojos ya nublados, y recogió sus fuerzas para incorporarse y pedir a borbotones y con respiración fatigosa: ‘No cierren la puerta, mis tres niños van a venir a verme, van a venir, no cierren la puerta, no cierren la puerta, ellos van a venir'.

El esfuerzo lo derrumbó y cayó en crisis, sin cerrar los ojos ni quitar la vista de la puerta seguía repitiendo, ya sin fuerzas ni voz: Qué día es hoy, cuándo es Navidad, no cierren la puerta. Así estaba Layo, quien antaño les negó todo a sus hijos, hasta lo más elemental, el pan, el cariño y la compañía de un padre, pero ahora se mantenía vivo por la esperanza de que ellos vinieran a ver sus piltrafas en esa cama de hospital. No supo responder cuando una enfermera, afectada por verlo en esa larga agonía, le pidió algún dato para avisarles a los hijos, pero Layo no tenía idea de dónde vivían, él, apenas formó otro hogar, los borró de su mente y de su vida, y se dedicó solo a atender a la nueva hija y a la nueva esposa, a quienes pregonaba por ahí que solo ellas dos eran sus amores bellos, su familia y su todo.

Así pasó el resto de su vida útil, sin preocuparse jamás por buscarlos, hasta ahora que, en su lecho de muerte, sintió la necesidad de verlos de nuevo.

‘Fue a la medianoche, cuando el ruido de los cohetes llegó hasta el nosocomio, que supo que era la Navidad, y rogó que no cerraran la puerta: ‘Mis hijos míos van a venir, son dos niños y una niña', leyeron las enfermeras en los labios mortecinos. En ese instante postrero, él mismo tuvo conciencia del tiempo que llevaba sin verlos, y dejó caer los brazos en señal de derrota. Quizás los había visto en la calle sin reconocerlos. Ya eran adultos.

Era la misma desolación: los brazos colgantes, la mirada fija en la puerta, la súplica en los labios, cuando entraron los tres jóvenes, y el moribundo gozó de la clemencia del cielo que le regaló un minuto de lucidez para volver a verse cuando joven, retratado en los dos hijos idénticos a él. Los visitantes le levantaron los brazos y le pusieron las manos en el pecho mientras la hija le sobaba las sienes con ese sagrado cariño de hijos que nunca se debe poner en riesgo. Layo expiró en los primeros minutos de la Navidad, feliz por la presencia de sus hijos que antaño abandonó por una mala mujer.

Cuando seas anciano recordarás lo importante de no haber abandonado a tus hijos.
 

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