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Cariñosito

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domingo 23 de junio de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Si nos dieran un cuarita por cada una de las peleas por culpa del celular quedaríamos millonarios. Los reclamos empezaron con las famosas perdidas...

Si nos dieran un cuarita por cada una de las peleas por culpa del celular quedaríamos millonarios. Los reclamos empezaron con las famosas perdidas, las mujeres les abrían un bocón a los maridos ¿¿¿¿¿QUIÉN ES, QUIÉN ES?????

A Abelardo no le habían dado ningún regaño porque desde el primer día de casados mostró un carácter endiablado y su mujer Lucrecia a todo decía que sí, ni una protestita ni un refunfuño por las groserías del marido que no cambió su actitud ni con la llegada de los dos hijos. Pura amargura, puras palabras groseras y ni un gesto de cariño para con los suyos, por lo que los chiquillos crecieron asustados de cometer cualquier errorcito que alterara al padre y soltara una reprimenda infernal.

Abelardo, pese a su mal carácter, tenía una virtud que según su mujer la recompensaba por todas las groserías sufridas. ‘Él es fiel hasta la muerte, por su mente no pasan esos pensamientos', pregonaba orgullosa y así fue durante los primeros diez años, tiempo en el que Abelardo solo probó el menú conyugal, pero cuando conoció a Fernanda quedó bañado íntimamente por ella y no pudo apartarla de su pensamiento. Y empezó la quemadera que Abelardo disfrutaba a plenitud, solo le preocupaba que se enterara Lucrecia y se llevara los pelaos, a quienes amaba mucho. Fue por esos días que empezó a esconder su celular, actitud que chequeó Lucrecia que ya andaba ojo al Cristo porque Abelardo tenía seis meses que no le daba lo suyo. ‘Como sepa que anda en algo me voy para El Chirriscazo y no vuelve nunca más a ver a los chiquillos', decía ella cuando sabía que su marido podía oírla.

Una noche, temeroso de no volver a ver a sus hijos, habló con Lucrecia y le dio un zambapalo que hubiera envidiado cualquier recién casada, y ella bajó la guardia por varios días, pero como el marido no repitió la hazaña, se puso arisca y empezó a reclamarle por la actitud grosera que no cambiaba. ‘Yo soy así y así me moriré, no voy a cambiar ni aunque me salga el diablo, yo amo como un loco a mis hijos, pero no puedo acariñarlos porque cuando yo nací no había ese chip, por eso soy grosero', decía Abelardo y su esposa quedó convencida de que ‘no había otra'.

Y volvió la paz por un día, Lucrecia cantó toda la mañana y cocinó el plato favorito de Abelardo, quien, por un descuido que se reprocharía por el resto de sus días, dejó el celular por ahí y se acostó a descansar porque estaba citado con Fernanda y requería cargar bien la batería de abajo porque esta tenía un marido viejo que ya no daba mucho, por lo que le tocaba al amante desempeñarse como un león para calmar el hambre vieja que mataba a Fernanda.

Como si hubiera hallado un tesoro se sintió Lucrecia cuando vio el aparatito mudo e indefenso sobre el sofá, y con este en la mano se metió al baño y le puso seguro a la puerta.

Lo que vio, que era mucho, no le llegó tanto como la frasecita de la amante de Abelardo, a quien ella apodaba ‘mi dulce y tierno Abe'.

Cómo que dulce, cómo que tierno, eso no puede ser, gritaba Lucrecia y la llamó para preguntarle por qué ch… lo llamaba dulce y tierno. La otra se quedó chiquitita cuando recibió la llamada y soltó toda la historia, le había puesto ese apodo porque el amante se lo merecía. ‘La ternura y el cariño son parte de su personalidad y usted lo sabe mejor que nadie', le dijo Fernanda con voz temblorosa.

El impacto fue fulminante, Lucrecia sacó a Abelardo de su sueño y lo jamaqueó para decirle que saliera de la casa en el acto mientras ella recogía todo para irse con sus hijos. Esa única vez en muchos años Abelardo tuvo un gesto tierno para su familia, pero era demasiado tarde. Antes del anochecer llegó una chiva y Lucrecia y sus hijos lo abandonaron para siempre.

‘Yo soy así y así me moriré, no voy a cambiar ni aunque me salga el diablo, yo amo como un loco a mis hijos, pero no puedo acariñarlos porque cuando yo nací no había ese chip, por eso soy grosero',
 

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