Curiosidades

El burlador burlado

El burlador burlado

martes 8 de octubre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Teofrasto era uno de esos seres desgraciados que, uno piensa, no pueden abundar en la vida, por fortuna. 

Teofrasto era uno de esos seres desgraciados que, uno piensa, no pueden abundar en la vida, por fortuna. Y si los hay, tal vez se extingan como los dinosaurios. Burlarse de los demás, especialmente de las personas con deficiencias físicas o mentales parecía ser su sola diversión.

Los niños, si no son corregidos a tiempo, pueden desarrollar cierta crueldad no meditada, pues es en esa edad cuando se quedan boquiabiertos viendo a una persona coja o tullida, o con un solo ojo, o con alguna deformidad en la cara causada por una enfermedad. Miran por curiosidad. Como están aprendiendo a vivir, lo que es diferente les causa extrañeza, y allí se quedan mirando e incomodando al enfermo. Entonces debe resonar con autoridad la voz ilustradora de sus padres: ‘No todos los humanos nacen iguales en lo físico o mental, porque algunos nacen sin brazos o sin piernas, o desarrollan alguna enfermedad que les impide moverlos. Porque hay personas mudas, ciegas o sordas que van por la vida tratando de superar sus limitaciones y de integrarse a la sociedad. Por esas personas tenemos que sentir simpatía, apoyo, generosidad, solidaridad. Hacerlos sentir bien'.

Bueno, todo esto para decir que Teofrasto no era así, o sus padres nunca se lo inculcaron. No desarrollar la empatía social y personal de los niños es un grave descuido paterno. Además, los chicos pueden caer en el facilismo de hacer chiste de sus compañeros más débiles. A esto antes simplemente se le llamaba ‘abuso' o ‘coger de congo'. Hoy día se dice sofisticadamente ‘hacer bullying' (acoso). Antes, si alguno se caía, se golpeaba o se daba una matada bárbara era una situación más de risa o de burla que de sentir pena. Por entonces, cada uno tenía que ver por sí mismo para que no ‘le cogiesen de pendexo'. Hoy se lo trata de proteger socialmente por medio de normativas escolares o de leyes.

Pues bien, Teofrasto echó sus cuentas y pensó que para estar en el bando de los débiles era mejor estar en el de los abusadores. Nunca se le ocurrió que pudiera haber término medio: ni abusar ni permitir que abusen de ti ni de otros. Por lo tanto, Frasto en la escuela se la pasaba haciendo ‘bullying' y golpeando a sus compañeros. Una actitud que prevalece en el séptimo, octavo o noveno grado, pero se espera sea superada en el segundo ciclo por el proceso de maduración del estudiante.

En la calle, Frasto seguía con sus actitudes impertinentes y crueles: se burlaba de cojos, tuertos, mancos, de los mudos que balbuceaban sonidos ininteligibles que él imitaba. La gente le decía: ‘Ten cuidado, Frasto, que te puede suceder algo malo. Lo que haces no es humano'. Pero se le resbalaba lo que dijesen los demás.

Un día Frasto consiguió un balde en la escuela y lo llenó de agua. Durante un recreo, apiló las bancas de un salón contra la pared, y trepó por ellas con el balde. Lo apoyó en una repisa junto a la pared, mientras un tabique sobresaliente impedía que lo divisasen de lejos. Sus víctimas avanzaban desprevenidos por el pasillo contiguo. Cuando estaban a tiro, Frasto levantó el balde, pero alguien adentro tropezó el improvisado andamiaje, y se vinieron abajo, con estrépito, sillas, el balde y Teofrasto. Pero este cayó primero y todo lo demás después y encima de él…

Durante un tiempo, Frasto no ha podido caminar. Al caer se lastimó la espalda y tuvo que optar por una silla de ruedas. Cuando por fin pudo regresar a su escuela los compañeros le llamaban ‘cojo', ‘patuleco', al verlo arrastrarse sobre unas muletas. Lo hacían más por desquite que por ‘bullying'. Duramente Frasto ha tenido que aprender la lección: que entre las cargas que una persona con limitaciones debe llevar en la vida no debe estar nunca la burla ajena. Eso sí, a Frasto lo ayudan sus compañeros cuando no puede hacer algo solo, y él está aprendiendo de este modo también lo que es la solidaridad.

Teofrasto echó sus cuentas y pensó que para estar en el bando de los débiles era mejor estar en el de los abusadores.
 

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