Curiosidades

Brisita matrimonial

Brisita matrimonial

sábado 12 de enero de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
redaccion@elsiglo.com.pa

A duras penas, ella le dio la brisita matrimonial, desoyendo las advertencias de las vecinas

Por fin, a Roger le dieron el asueto conyugal largo tiempo deseado. Su mujer, Ayda, estaba de vacaciones y se había ido a pasar unos días con sus padres en El Chirriscazo.

A duras penas, ella le dio la brisita matrimonial, desoyendo las advertencias de las vecinas: ‘Usted se atreve, Ayda, a dejarlo solo tantos días, no se coja ese chance tan grande, cuidado con una cosa, no se arriesgue, mire que hay muchas brujas por ahí que nada más andan a la caza de cualquier solitario para echarle mano, no sea tan confiada'.

Por unos segundos, la duda dominó a Ayda, pero ella estaba ansiosa por comer pescados del río Michitafría, con bollos de guineo chino, popocho o cuadrado, así que trazó en el aire el signo secular y se fue, dejando a Roger a sus anchas, y confiada ella en que las vecinas estarían ojo al Cristo con una libreta que ella les compró para anotar la hora de entrada y salida del susodicho, detalles de la ropa y bolsas u otros accesorios que le vieran al hombre, rogándoles encarecidamente que pararan la nariz por si salía perfumado.

Antes de salir le soltó la reprimenda: ‘Son 23 años juntos, Roger, con muchos años felices, casa, carro y muchos polvos buenos, así que ¡¡¡¡AMÁRRATE ESA PISTOLONA, LA DEJO VACÍA Y LA QUIERO REBOSANTE CUANDO VUELVA!!!!'.

Días después, estaba la suculenta Ayda echada en una hamaca escuchando los chismes del pueblo cuando oyó el pitito de la desgracia. La inmediatez de las últimas formas de comunicación mandaron al carajo su tranquilidad. ‘Vimos a Roger en un centro comercial', le escribieron. El chat prendió la imaginación de la mujer que manifestó su extrañeza, porque Roger no era hombre de andar por esos lugares.

‘Que no se les pierda, síganlo con los ojos atentos a los paquetes que lleva', les ordenó. ‘No lleva nada', le dijeron, y eso la tranquilizó momentáneamente, pero se quedó con la piquiña en el alma, y lo llamó.

Pero el aparatito sonaba apagado. De inmediato se comunicó con la amiga informante y le pidió que peinara todo el centro comercial hasta encontrar a Roger, ya que se le había ocurrido a ella que era probable que estaba ahí para encontrarse con alguna mujer y llevarla de compras.

‘Tranquila, son suposiciones tuyas, pero te voy a complacer', dijo la amiga de los crueles ojos, y se puso a caminar por toda el área en busca del nuevo cliente de los malls.

Casi dos horas después lo encontró. ‘Acabo de verlo, anda solo, pero ahora lleva un paquete que parece contener una caja de zapatos femeninos', le escribió la amiga a Ayda, quien no pudo más con la agonía y se puso en camino a la capital.

Llegó casi a medianoche. Halló a su marido dormido y, contrario a otras veces, en que tras unos días de ausencia, ella llegaba dispuesta a violarlo si era necesario, esta vez no lo despertó. Empezó una revisión exhaustiva por toda la casa en busca de la caja de zapatos, porque en su alma de mujer enamorada conservaba la esperanza remota de que aquel hubiera salido a comprarse un par de zapatos para cambiar el único par que tenía. No hallaba nada, así que se fue directo a la ropa sucia, olió todo, desde las medias hasta la ropa interior en busca del indicio de la otra o de los zapatos. Nada. Vio la cartera sobre un mueble y buscó. Allí estaba la prueba del delito en un inocente recibo de almacén: zapatos de tacón alto # 14 color nude-gold: Peor que una sacudida de terremoto fue el halón que le dio. Roger pasó del dulce sueño al terror y no pudo salir del atolladero de preguntas que le disparaba su mujer para saber el porqué de la compra. Se enredó y contradijo varias veces: ‘no sé quién metió ese recibo en mi cartera, mío no es', pero colapsó cuando dijo que eran para su mamá: una doñita de pie diminuto que jamás se montaría en esos tacones ni el hijo pagaría cien pachos por unos zapatos para ella.

La esposa celosa ve en una pulga a una osa.
 

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