Curiosidades

Borracho sabrosón

Borracho sabrosón

sábado 24 de agosto de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Fue un accidente en el trabajo el que le impidió a Ernesto acompañar a sus compañeros a los viernes de pinta.

Ninguno de los compañeros de Ernesto le creía que Flor, la esposa, se ponía contenta cuando él se quedaba en la calle tomándose unos refresquitos y lo agarraba la madrugada fuera del hogar. Solo ella sabía los porqués de tanta contentura por las pintas que aquel bajaba.

Fue un accidente en el trabajo el que le impidió a Ernesto acompañar a sus compañeros a los viernes de pinta. ‘Tienes el hígado reventado', le informó el galeno luego de leerle varios exámenes practicados tras el incidente laboral. ‘Es asunto de cuidarte, de seguir la dieta y cero sustancia que tenga que ver con licor', añadió el doctor, y Ernesto se alegró con la noticia, no así Flor, quien se quedó callada, pero con la mente llena de pensamientos desagradables sobre lo dicho por el médico, que antes de salir de la sala se volteó para darle una palmada al paciente y decirle: te salvaste por un pelito, ahora a cuidar ese hígado, ya sabes: nada de grasa ni salsas ni sal y que te guarde el Cielo si se te ocurre bajar una onza de licor.

Todos parecían alegres con la noticia de que la caída de Ernesto no le traería consecuencias funestas, menos su mujer que en silencio cavilaba sobre su vida sexual que perdería su brillo y esplendor ahora que el marido tenía orden terminante de no beber pintas. En ese estado de ánimo pasaron los días de la hospitalización de Ernesto y cuando le dieron salida Flor recogió en silencio las cositas de su marido e igual de callada hizo el viaje de regreso a la casa, donde se congregó toda la familia para festejar el ‘renacimiento' de Ernesto, quien era el más feliz. ‘Inviten hasta a los vecinos, que es una celebración en grande porque mi hijo ha vuelto a nacer, nadie sabe cómo sufrí yo cuando me avisaron que se había caído del andamio, y llamen a todos los primos y tíos, que cada uno traiga un plato, eso sí que a nadie se le ocurra traer nada de guaro', sugirió doña Teta, la madre del accidentado.

Casi a las cinco empezaron a llegar los familiares de Ernesto, cada uno traía un plato. ‘Solo comida, solo comidita', decía doña Teta a medida que la gente llegaba con saus, ensalada de feria, el infaltable arroz con pollo y hasta una tía se madrugó para llevar tamales ‘porque casi puede decirse que mi sobrino volvió a nacer' exclamaba feliz la doñita mientras amasaba la tamalada. La única que no participaba de la alegría era Flor, a quien la suegra le tiró una indirecta a media tarde: ‘Hay algunas que van para el Cielo y van llorando, por eso es que yo digo que caras vemos corazones no sabemos', gritó doña Teta, pero la nuera siguió lavando la ropa de su marido en ese silencio que la dominaba desde que el doctor le prohibió a Ernesto volver a ingerir una pinta.

La suegra no siguió el pereque ni Flor abrió su boca para contestarle. La guerra empezó cuando llegaron unos vecinos que no estaban enterados de la ley seca aplicada a Ernesto. ‘Se llevan esa porquería en el acto, se la llevan y regresan a la fiesta, ustedes son cordialmente bienvenidos, pero esa porquería, ese veneno lo desaparecen ya', les gritó la suegra a los vecinos, quienes ya sacaban las cinco cajitas traídas para festejar que al vecino Ernesto lo soltara la pelona.

‘Un momentito, aquí nadie se lleva nada, si ellos le trajeron ese regalo a mi marido yo no le voy a hacer ese desprecio', dijo con voz de trueno Flor y ella misma metió las cajas venenosas y las introdujo en la nevera. ‘Sácalas, sácalas ya o te bajo la oreja para que no escuches nunca más, el médico lo dijo clarito que ni hijo no puede beber cerveza', le gritó la suegra, pero la nuera no le hizo caso, por lo que la mayor la jamaqueó haciéndola trastabillar. Se levantó como una fiera y le soltó un soplamocos a la vieja. Fue inmediata la intervención de los presentes y se formó el revolcón que terminó con la separación de Flor y Ernesto, quien no pudo perdonarle que le sacara la mano a su progenitora.

La única que no participaba de la alegría era Flor, a quien la suegra le tiró una indirecta a media tarde: ‘Hay algunas que van para el Cielo y van llorando,
 

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