Curiosidades

A bailar con la coneja

A bailar con la coneja

sábado 11 de julio de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Chendo es uno de esos manes que no se deja de la vida

Chendo es uno de esos manes que no se deja de la vida. Después de enviudar, le juró a la difunta que aprovecharía cada minuto como si fuera el último. Y en asuntos de placeres, le daba rienda suelta al destino. Hace unos meses se enredó con una vendedora de chances que lo dejó cuando se negó a financiar una segunda tablilla para una amiga de ella. Siguió como agente libre hasta que conoció a una jubilada por los lados de la 24.

Para su suerte, resultó ser una tableña de esas que le gusta la música típica desde que se levanta hasta que se acuesta. Desde el primer fin de semana que Chendo se fue para el cuarto de alquiler de la santeña, quedó prendado de la forma en que ella vivía su vida. Fueron al chino y compraron pollo y beers, ceviche y helado. Escucharon, por la radio, unas grabaciones de cantaderas y de temas de toldo. Conversaron y bailaron hasta que el cuerpo les pidió un cambio de ritmo.

Chendo, a sus setenta recién cumplidos, quedaba agotado cada vez que bailaban ‘El baile de la coneja', y la dama lo repetía y se lo cantaba una y mil veces. Al segundo fin de semana, el don llegó en un carro de acarreo. Bajó dos maletas grandes y otros enseres domésticos más. Fueron a la tienda y compraron insumos para el fin de semana que olía también a luna de miel. Todo el salió a pedir de boca al jubilado. Estaba cumpliendo fielmente a la palabra empeñada a la difunta.

Chendo fue haciendo amigos en el barrio. Junto a otros jubilados del caserón de alquiler se ponían a hablar de todos esos problemas que nadie resuelve y de los tiempos idos que no regresarán. Hablaban de la metamorfosis de la ciudad y del incremento de personas que vive en las calles y se alimenta gracias a los potes de la basura. Llegó el fin de semana y la parejita se fue a la tienda por los insumos. El helado y el ceviche no podían faltar porque la santeña le tomó gusto al particular aperitivo cuando era empleada en una casa de ricos que los fines de semana comían ese tipo de alimentos. Llegó la noche y ambos se vistieron como si fueran para un toldo. La dama se apresuró hasta donde estaba la grabadora a poner el disco de la coneja. El don hasta acrobacias hacía cuando ya las beers lo entonaban de lo lindo. Cerca de las once de la noche, alguien toca la puerta. ‘Susana, abre la puerta, soy yo, llamaba la voz. Susana', abre. En el cuarto empezó a correr el miedo. ‘Métete debajo de la cama', le dijo Susana a Chendo mientras se dirigía a destrancar la puerta.

Chendo fue haciendo amigos en el barrio. Junto a otros jubilados del caserón de alquiler se ponían a hablar de todos esos problemas que nadie resuelve y de los tiempos idos que no regresarán
 

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