Curiosidades

Amor por siempre

Amor por siempre

miércoles 3 de enero de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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El revolcón de este miércoles 3 de enero

Bien lo dice el refrán: Menos dura lo heredado que lo ganado. Tení a menos de veinte años cuando me casé con Lastenia, quien tenía hijos mayores que yo, todos se llevaban bien conmigo y no hubo problemas, ninguno vio mal que yo, tan joven, fuera el marido de su madre, una mujer de mucho temple para el trabajo y el hogar. A todos, incluido yo, que era el hombre de su cama, nos obligaba a acostarnos temprano y a mantenernos bien lejos del guaro, del cigarrillo y de los compinches con los pelaos peligrosos.

Aunque entrada en años, Lastenia se veía muy buenona, su cuerpo abundante y firme era la envidia de varias vecinas que no miraban con buenos ojos que ella tuviera marido joven y de buena apariencia como yo, por lo que me tentaban con coqueterías. Tuve que pararme firme porque en la casa de Lastenia yo tenía cama calientita y comida segura. Aparte de que me sentía enamorado de mi mujer, por su experiencia debajo de las sábanas, por su trato siempre cordial y porque ella era guapa y de buen cuerpo. Con frecuencia la oía decirles a las amigas: Cuando me vaya del mundo me llevaré el orgullo de haber sido la primera mujer en la vida de Agapito, ese orgullo no me lo quitará nadie. Fue en uno de esos arranques de amor que ella me dijo que esa casa era mía, que si ella moría primero que yo, no me preocupara. Y, efectivamente, me quedé confiado en sus palabras que no volví a recordarlas hasta la tarde en la que Lastenia se fue con otro hombre, con la excusa de que él había sido su amor del alma en tiempos de la juventud, y ahora que había él enviudado no existían obstáculos para estar juntos. Antes de irse reunió a los hijos y les dijo que yo me quedaba en la casa como dueño y señor, derecho que me había ganado por cuarenta años de vida común y de fidelidad absoluta.

A los hijos, que ya no vivían allí, no les hizo mucha gracia la decisión de mi ex, pero se quedaron callados y yo me confié. Ni siquiera pensé en eso de la herencia cuando Lastenia se enfermó; varias veces, con consentimiento del nuevo marido, fui al hospital a cuidarla, pero jamás hablamos de la casa. Cuando ella se agravó, me entristecí bastante y le pregunté si ella quería volver a su casa, o sea donde yo vivía. Aceptó, pero vino con su nuevo marido, quien se antojó de que yo no podía estar ahí porque él era muy macho como para convivir bajo el mismo techo con quien había sido pareja de su mujer por tantos años. ‘Váyase donde mi hermana mientras llega mi fin', me pidió Lastenia, y yo acepté porqu e quería que ella tuviera la dicha de pasar en su casa los últimos días. Yo iba todos los días a verla, antes de ir para el trabajo y al volver. El marido me ponía rostro, pero yo fingía no darme cuenta. Al irme siempre pedía: Cualquier apuro en la noche, avísenme, por favor. El otro asentía con la cabeza, al igual que los tres hijos, quienes se habían mudado con sus mujeres en esos días difíciles.

La partida de Lastenia fue de madrugada. Nadie me avisó. Cuando llegué, ya se la habían llevado para cremarla. No pude con e l desencanto cuando el hijo mayor me dijo que ya era imposible volver a verla y a abrazarla, que ya solo era cenizas. Desesperado y llorando le pegué a mi hijastro, su hermano salió a defenderlo y también lo soné. Luego se metió el viejo que era el marido de Lastenia, y me dio, yo me puse como loco y casi lo mato. Salí de allí esposado y en la cárcel supe que como no había ningún documento ellos se quedaban con la casa. ¡Cómo cambia la vida en un minuto! Más que la casa lloré a Lastenia, p ese a sus años más que los


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