Curiosidades

Amor de lejos, amor de pendejos

Amor de lejos, amor de pendejos

sábado 29 de agosto de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Dice el dicho que el que no se arriesga no pierde

Dice el dicho que el que no se arriesga no pierde. Y Chucho lo arriesgó todo, por el gusto. Resulta que el jubiloso tenía meses de estar cumpliendo con la cuarentena al pie de la letra. Como no usa celular, el segundo frente se quedó incomunicado casi por todo este periodo.

Un día, mientras la esposa se fue a hacer unas compras al chino, el don recibió una llamada al teléfono fijo: era ella, que no aguantó más el hambre y se arriesgó a llamar al don para que le lleve el chen chen. Chucho, al escuchar la voz de su amada, casi se va de…. pero se recuperó y acordaron una cita en el parque Santa Ana.

El don Juan llegó media hora antes de la cita, y eso que anda en los diablos verdes porque ya no puede meterse por la puerta de atrás de los metrobuses. En el bolsillo llevaba un cartuchito con un par de dólares. Se sentó en una de las bancas donde duermen los sin techo a esperar a su Julieta.

El don se maravillaba de lo que veía, en cinco meses no había pisado esos lares. La poca gente caminaba apurada y con la cara tapada con todo tipo de mascarillas. Miraba los edificios viejos cuando sintió que alguien le tocaba el hombro. Su corazón dio un brinco que casi se desbocada. Pero no eran las manos de su amada, eran unos dedos pesados, aún así pensó que era ella, oh... cinco meses sin verla, sin hablar con ella, sin sentir ese perfume vuelve loco.

Chucho recupera el aliento y se voltea. No era ella. Era un agente policial que le miraba como se mira un paciente que ha perdido la memoria.

Dónde vive, pregunta el agente.

Silencio.

Dónde vive abuelo, pregunta con más dulzura.

Ehhhh…

El agente le indica a Chucho que lo acompañe al cuartel pensando que el don había perdido la memoria y no sabía dónde vivía.

Resulta que el jubiloso no le dijo al guardia su dirección porque vivía a kilómetros de allí y se lo iban a llevar, pero a barrer calles por violar la cuarentena.

Finalmente abrió la boca para decirle al agente que esperaba a una hija que tenía que entregarle un dinero.

Al uniformado le dio mala espina eso. Que en tiempos duros como estos los abuelos tengan que darle lo poco que reciben de la pensión a los nietos. Se alejó lo suficiente para que el señor se sosegara. Pasaron unos minutos y ahora sí venía Julieta, vestida de rojo sangre.

El corazón de don Chucho, al verla a su amada, casi se desmaya. Acopió fuerzas y abrió los brazos. La dama se sentó a un lado del don y perfumó el área. El don saca el cartucho del bolsillo y se lo entrega. Ella le dice que no puede demorar tanto porque el taxista la espera al otro lado de la calle. Conque la nieta, don, le dice el agente. Le doy cinco minutos para que coja el bus sino me lo llevo para que le ayude a las hormiguitas a recoger los cerros de mascarillas que dejan por todos lados.

El don Juan llegó media hora antes de la cita, y eso que anda en los diablos verdes porque ya no puede meterse por la puerta de atrás de los metrobuses.
 

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